Crónicas Urbanas: Moisés, la Llegada de la Comunidad Judía a Chihuahua / Primera parte

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Por: Oscar A. Viramontes Olivas

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En esta ocasión en Crónicas Urbanas, me enfocaré en la historia contada por Moisés, un migrante de origen judío, cuya presencia de su comunidad en Chihuahua ha sido fundamental en el desarrollo económico, político y social, él con sinceridad nos cuenta lo siguiente: “Siempre sentí que mi vida se dividió en un “antes” y un “después”, de aquel amanecer helado en que, con apenas diecinueve años, puse el primer pie en tierras de Chihuahua. Había cruzado la frontera al alba, sollozando sin emitir sonido, con la memoria aún humeante de Jerusalén y las piedras doradas del Templo, con el murmullo de las plegarias y el eco de las trompetas que anunciaron su caída, todo se había convertido en ruinas y ceniza, y yo, llevaba en la piel la quemadura del olvido forzado.

“Mis primeros días en la Ciudad de Jiménez, fueron una sucesión de desconciertos, el viento seco que zumbaba entre los callejones de adobe, el lenguaje extraño en la boca de mis nuevos vecinos y esa hambre que me taladraba el estómago desde el amanecer y al caer la tarde, cuando el sol se desangraba tras las sierras, me sentaba frente a un montón de cascajo con los puños apretados y lloraba en silencio. Echaba de menos el canto del gallo que anunciaba el día en mi viejo hogar, las manos de mi madre haciéndome pan con aceite de oliva, y la sensación de cobijo que me regalaba el zócalo tembloroso del Templo. Allí, juntas, las piedras parecían contar una sola historia, la nuestra. Mi salvavidas llegó con el primer trabajo, barrer el almacén de “La Valenciana”, la tienda de don Marcos Russek, judío polaco que, tras diez años de errar entre Nueva York y California, había decidido echar raíces en México. Recuerdo la amplitud de su sonrisa la primera vez que entré, su gesto simple, cálido, como el de un padre que ve regresar a su hijo. Bajo esa sonrisa, aprendí el oficio de contar frijoles, de acomodar sacos de harina, de calcular precios y ofrecer a los clientes, con absoluto respeto, la migaja de dignidad que a todos nos hacía falta.

“Mi madre, llegaría semanas después para reunirse conmigo, instalando un huerto en el patio trasero de una casita prestada. Plantó rosas rojas y tomillos verdes, cebollas dulces y lechugas crujientes. “Aquí renace la vida”, decía mientras removía la tierra con manos quebradas por la nostalgia. Cada brote nuevo era un motivo para sonreír, una promesa de futuro más suave que la dureza del exilio. A su lado, mi padre comenzó a trabajar como capataz en un rancho cercano; montaba a caballo al alba, vigilaba al ganado y, al caer la tarde, volvía con las riendas cargadas de polvo, y la voz tensa por el esfuerzo, pero con el orgullo intacto. Un día, alguien me habló de una construcción de estilo morisco junto a la hacienda. Allí se habían reunido otros exiliados, traídos por don Marcos cuando fundó una pequeña congregación improvisada. Recuerdo mi ansiedad al llegar; el crujir de la grava, el olor a incienso mezclado con el humo del pozole que burbujeaba en una olla.

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La imagen muestra un grupo de hombres adultos y niños, algunos con uniforme estilo boy-scout o juvenil sionista, posando ante un busto en pedestal, flanqueados por la bandera de México y la bandera con la Estrella de David, probablemente en el estado de Chihuahua. No aparece información explícita de cuándo o dónde exactamente se tomó, sin embargo, los uniformes infantiles y la bandera de Israel, indicarían una fecha después de 1948, cuando se creó el Estado de Israel, en un acto de carácter comunitario o patriótico. / Foto: Benjamín Russek

“Entre esos muros, descubrí rostros como el mío, ojos hundidos por la pena, bocas torcidas por la falta de un templo, manos temblorosas que aprendían a bendecir en un idioma extranjero. Nos saludamos con abrazos y un “Shalom” vacilante. En el rincón más soleado, colocamos un bimah que, era una plataforma elevada, lugar de lectura improvisado, donde dibujaba con tablas y un mantón viejo. Allí rezábamos en voz baja, cantábamos Salmos y compartíamos pan ácimo, conscientes de que, aunque el asfalto rompiera el eco de nuestras notas, la fe seguía latiendo en el aire. Pronto surgieron reuniones en casa de los Morgenstern, franceses de París asentados en Chihuahua capital, y en la paletería de los Levín, un hogar abierto donde no había lugar para el desamparo; hablábamos de construir escuelas, de fundar un hospital, de comprar un predio para un cementerio propio; llenábamos cuadernos con planes, primero, una sinagoga, luego, una mikve, que sería un espacio de purificación judía, después, una biblioteca con libros en idish (idioma germánico desarrollado en los siglos IX y XII y en castellano. Pero siempre faltaba algo, el capital para la obra, el permiso del ayuntamiento, la unidad que se disolvía en chismes y celos; tuvimos que aprender que la utopía no se impone con decretos, sino con paciencia y actos cotidianos. Sin embargo, para 1910, año que marcaría un punto de inflexión, pues llegaría la muerte de don Marcos, un infarto súbito, estremeció no solo a su familia, sino a toda la pequeña comunidad. Lo enterramos en una cripta de estilo gótico, con cipreses alineados como un pasillo de dolor. Su primogénito, el joven Marcos Ramírez, tomaría el relevo, había estudiado en California y al regresar, se uniría al movimiento de Madero y Pascual Orozco, y, en medio de ideales y cañones, entregó dinero para comprar armas en El Paso y derrocar al viejo régimen.

“Pero la revolución se volvió contra nosotros, Francisco Villa saqueó “La Valenciana”, mandó fusilar a nuestro capataz y dispersó las pertenencias que don Marcos había atesorado (bueno y todavía dicen que Villa fue un “santo”. Este evento, fue amargo, pues otra vez tuvimos que huir, sin pan, sin dinero, otra vez sin muro donde apoyarnos y lamentar. En mis pasos errantes, crucé la frontera hacia el Distrito Federal, y de allí hacia Monterrey, Guadalajara, y, finalmente, en paradas infinitas hacia El Paso y Phoenix. Era un exilio sin fin, donde quiera que llegara, sentía un hueco en el pecho, la misma ausencia de un altar que había dejado atrás. Observaba con envidia, cómo otras colectividades levantaban sus propias instituciones; pláticas en una sinagoga de la Ciudad de México; reuniones en casas alquiladas de Guadalajara, convivios en ferias de Puebla. Mientras tanto, los judíos ashkenazíes (descendientes de las comunidades judías medievales establecidas a lo largo del Rin en Alemania) que, habían llegado en los años veinte—alemanes y franceses, asimilados, casados con mexicanas católicas—se desvanecían entre la multitud, ajenos al filo del cuchillo que era conservar la memoria.

“Regresé a Chihuahua en 1925 y agotado de tanto viajar, me encontré en el camino a don Roberto Levín con su paletería en el centro, siempre dispuesto a tender la mesa al viajero sin recursos. Su amable señora, Clarita Morgenstern, me recibió sin verme como un extraño. “Moisés, aquí tienes un techo, un plato y unos amigos”, me dijo, y aquella voz tan simple, encendió en mí una chispa de esperanza. Con ellos comí tamales, bebí café caliente y, al fin, pude recostarme en un sofá ajeno, sin mirar por encima del hombro. Entre charlas y cafés, supe de los proyectos del presidente Álvaro Obregón, que ofrecía miles de acres para los colonos judíos a partir de iniciativas canadienses que, prometían traer familias con dólares y maquinaria. Me apunté con ilusión a las juntas de la Casa de Campo en Chihuahua capital, donde decían que llegarían veteranos de guerra para poblar orillas del río Casas Grandes. Pero las carreteras eran de tierra, la infraestructura escasa y los talleres de herrería insuficientes. Al final, los colonos nunca llegaron, los lamentos de un puñado de hombres solos, regresaron al viento de la sierra.

“A pesar de los fracasos, algo empezó a germinar, pues los descendientes de los Russek, de los Cameros, de los Margolis, los Schwartz y los Cohén, comenzaron a integrarse en las universidades, en la abogacía, en la docencia. El rector Manuel Russek, nieto del pionero, abrió aulas llenas de jóvenes deseosos de aprender, mientras tanto, en cada Shabat (día de descanso), en cada cena familiar, prendíamos velas torcidas y recitábamos las bendiciones con la garganta apretada, sabiendo que la verdadera comunidad, no vive en un edificio, sino en la continuidad de un rito compartido. Sin embargo, me devolvía a Chihuahua en la primavera de 1924, con el alma exhausta y las manos vacías; la ciudad, respiraba todavía el humo de la Revolución, y en las calles polvorientas, se veían grupos de veteranos sobrevolando sus propias cicatrices. Yo, creía haber visto el rostro más duro de la derrota, cuando Villa saqueó la fortuna de mi familia, no estaba preparado para el estrépito de aquella bomba que estalló frente a la Hacienda de Santa Clara. Recuerdo el crujido de cristales, el estallido de la madera, y el grito ahogado de un capataz que salió despedido contra la pared. Corrí entre el polvo y el humo, con el corazón encogido, y vi cómo el gran portón se desmoronaba como un castillo de naipes. Fue el signo más doloroso de que, en esas llanuras fronterizas, la violencia se enseñoreaba sin pedir permiso. Esa noche, me refugié en casa de los Levín, aún con el sabor de pólvora en los labios. Clara me ofreció un tazón de caldo espeso, y al primer sorbo, sentí el calor de la compasión humana; en la penumbra, bajo una lámpara de aceite, compartimos silencios que hablaban más que cualquier palabra. Fue entonces cuando comprendí que, a pesar de todo, quedaban manos tendidas donde apoyarse, corazones dispuestos a cobijar al exiliado más recalcitrante” … esta crónica continuará.

Fuente:

Finkelman de Sommer, M. (2004). Los judíos en el estado de Chihuahua. Revista de Humanidades: Tecnológico de Monterrey. No. 16: 195-209 pp.

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