Tragedias de 1932, 1944, 1990 y 2025: la Historia se Repite

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Por Oscar A. Viramontes Olivas

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En esta ocasión y considerando los hechos presentados en algunas ciudades del estado de Chihuahua, específicamente en la capital y Ciudad Juárez, debido a distintos temporales lluviosos, sus impactos sobre la población a lo largo del tiempo, rescatamos algunos eventos de interés en los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas en voz de un testigo que, recuerdan estos fenómenos que se convirtieron en tragedia, como es el caso de don Andrés, que nos comparte algo de sus vivencias: “Nací a principios del siglo XX y he vivido las peores catástrofes hídricas del estado de Chihuahua; mi memoria, conserva las noches de angustia y desolación, el estruendo del agua arrastrándolo todo, y el llanto desesperado de los damnificados de 1932, cuando era un niño; vi cómo un torrencial aguacero, arrancó calles enteras en Chihuahua capital, donde los diferentes arroyos empezaron a llevar un volumen importante de agua, convirtiéndose en afluentes sin control.

04-07 CRONICAS URBANAS

“La ciudad de aquella época era pequeña y pobremente urbanizada, con los arroyos “desnudos” y no canalizados; el Chuvíscar, creció tan desmesuradamente que, en pocas horas, arrasó alrededor de setenta humildes casas junto a su cauce. Recuerdo haber visto, cómo familias enteras trataban de alcanzar a sacar lo que podían antes de que el agua les cerrara el paso, sorprendentemente, aquella inundación histórica, no cobró víctimas humanas conocidas –según los reportes de prensa del momento–, pero dejó ruinas y desalojos masivos, donde aquella noche del 26 de agosto de 1932, el cielo se ensombreció con relámpagos furiosos, sin embargo, para el día siguiente, la corriente había rebasado los 4.8 metros de profundidad en algunos tramos, sin embargo, en el transcurso de las horas, los habitantes de los márgenes del río, tuvieron que huir despavoridos, subiendo quince centímetros por hora, habiendo partes donde su profundidad era de cuatro metros, ochenta centímetros… jamás se había visto tal situación.

“Mi padre, miembro de la estación de bomberos, me contó años después que al recorrer el barrio del “Puerto de San Pedro”, “Los Álamos” y el Centro, habían rescatado a varios vecinos. Al cerrar la edición de los periódicos, no había noticias de muertes entre los vecinos humildes que vivían junto al río Chuvíscar, sólo techos perforados por los flechazos del agua, y desalojos masivos. Niños y ancianos, pasaron la noche en vela con la angustia metida entre almohadas empapadas, mientras en el silencio, se oía el lamento de las casas que cedían a las corrientes del agua. Nunca olvidaré que aquel fenómeno de 1932 –una “tromba” sin precedentes– sería anunciado con extraña premonición por los sabios locales, como un augurio de desastre y que, 58 años después (1990), se repetiría con consecuencias fatales.

 “Para 1944, era adolescente y vivía en Parral durante las feroces lluvias de aquella época de tormentas fronterizas. El 8 de septiembre de ese año, al caer la tarde, una lluvia torrencial inundaría la ciudad, siendo horas de angustia, y con el río Parral fuera de su cauce, ensanchado por las montañas cercanas, pues, la “tormenta perfecta”, dejó daños materiales profundos, derribando puentes y casas, arrasando la colonia San Gregorio, entre otras, sin embargo, lo que más marcó mis recuerdos, fue la muerte de 31 personas en la ciudad, muchos de ellos menores de edad. Recuerdo con horror la mañana siguiente, cuando se supo que entre las víctimas había varias niñas del asilo Josefino, quedado encerradas en su dormitorio cuando el agua lo alcanzó, sin que nadie pudiera salvarlas. La prensa de entonces, la llamó la peor inundación de la historia parralense, y es cierto que el llanto inundó a las familias; vi en las calles, la movilización caótica de vecinos y autoridades; ambulancias y patrullas, cruzaban el puente Calicanto; bomberos y voluntarios, cargaban costales de arena tratando de frenar la creciente.

Por los diarios, sé que el gobierno estatal había enviado rescatistas y auxilios, pero llegaron tarde, ya que, los cuerpos de las niñas huérfanas y de otros niños, quedaron sepultados bajo el lodo, por ello, al cumplirse 80 años de aquella noche oscura, historiadores narran que fueron 31 decesos en total, muchos menores, y se recuerda, sobre todo, la imagen del asilo hecho ruinas. La catástrofe, desnudo las grietas de la infraestructura en Parral, como en Chihuahua; los drenajes eran insuficientes, y los cauces urbanos ineficientes. Durante meses, el río Parral quedaría vigilado por las autoridades, y se tejerían memoriales fotográficos para que no se olvide a las niñas fallecidas, héroes inocentes atrapadas por el agua furiosa.

04-07 CRONICAS URBANAS

“Después de muchos años después, llegaba el 22 de septiembre de 1990, rondaba los ochenta años, pero aquel día, todos –jóvenes y ancianos– padecimos la peor de las tormentas. Esa noche cayó una de las lluvias más intensas en décadas, cerca de 130 mm en pocas horas, casi la mitad de lo que suele llover en todo un año. El resultado fue devastador, los arroyos que cruzan la ciudad rompieron sus márgenes; el arroyo del Mimbre en la colonia Villa, se convirtió en un “río asesino” que arrastró todo a su paso. Recuerdo cómo las aguas arrastraron autos, casas y hasta ganado, literalmente, se llevó vacas y perros, llantas de desecho, y un automóvil con personas dentro; caos y terror, se respiraba en el aire, para entonces, se hablaba ya del “Sábado Negro”, la tromba que dejó casi 100 muertos, según el reporte oficial, y 375 casas destruidas. También vi camiones del ejército y la marina, repletos de rescatistas, y hasta excavadoras rompiendo muros de tierra para liberar a los atrapados.

“Las colonias más afectadas fueron precisamente las más humildes, donde los urbanizadores habían construido sobre cauces y terraplenes sin prever el arrojo de la tormenta; mis propios vecinos de la calle Juárez, quedaron sin casa, el toldo de su humilde cuartería se levantó como hoja y los muebles quedaron destrozados. Al amanecer, vimos centenares de personas hurgando entre escombros, con los ojos hinchados de insomnio y lágrimas; bomberos y policías trabajaban sin descanso hasta encontrar 47 cuerpos, y la dimensión de la tragedia, quedaría reflejada en fotografías históricas, donde ríos de barro, invadieron avenidas, con niños abrazando cubos con ceniza. Aquel “día en que se cayó el cielo”, también se derrumbó la confianza de la gente en la infraestructura local. Desde entonces, cada vez que las nubes se ven sospechosamente cargadas, recuerdo el grito de auxilio por radio, y el ruido del silencio tras la tromba.

“Tras décadas de relativa calma, el monzón mexicano volvería a mostrarse brutal en 2025, entre junio y julio, cayendo una serie de tormentas intensas que volvieron a sacar a las calles a los vecinos. En Ciudad Juárez, por ejemplo, la madrugada del 25 de junio de 2025, una lluvia torrencial inundó colonias como, Montada, Fronteriza Baja y Felipe Ángeles. El nivel del agua llegó a metro y medio en algunos puntos, arrastrando 12 vehículos y afectando al menos 10 viviendas. Vi con mis propios ojos, cómo la corriente rompería muros de concreto, anegando las avenidas principales de la periferia.

El director municipal de Protección Civil informaría que la tormenta, formada sobre las sierras juarenses, desbordaría cauces naturales, sumergiendo automóviles como si fueran botes de juguete. Las imágenes en redes mostraron colchones flotando por la calle, mientras los vecinos peleaban por elevar lo poco que pudieron del piso. El gobierno municipal, improvisaría refugios en escuelas, y mandaría bombas de achique, pero en la tarde siguiente, la gente todavía barría barro en sus casas. Simultáneamente, en Chihuahua capital, los aguaceros cobraban fuerza, pues, el 30 de junio de 2025 por la tarde, una tormenta iniciaría alrededor de las 16:00 h y en pocas horas, puso en alerta a todo el norte de la ciudad. Las colonias El Porvenir, Minerales y Vistas del Norte, fueron las más impactadas, muchas casas recibieron agua hasta el techo y calles enteras, quedaron convertidas en ríos urbanos. Se activaría de inmediato el Plan DN-III, donde soldados del Ejército Mexicano y brigadas de Bomberos, desplegarían recorridos para ayudar a la población, así, la gobernadora supervisaría los trabajos y ordenaría abrir albergues temporales. Aquel día, la Coordinación Estatal de Protección Civil registraría 26 reportes de inundaciones y nueve rescates en la capital, además de casas y escuelas con bardas derrumbadas.

“Pero lo peor vendría el 2 de julio, las lluvias arreciaron con 57.4 mm acumulados en apenas en cinco horas en algunas zonas, causando 36 inundaciones en calles y viviendas, dejando 13 vehículos varados. Los equipos de emergencia reportaron siete derrumbes estructurales en casas, escuelas y un puente, además de grandes baches abiertos en la vialidad. Fue un caos, escuchamos ambulancias, vimos árboles caídos, y leímos en redes sociales la instrucción de la gobernadora para atender la contingencia. Aunque afortunadamente no hubo víctimas mortales en estas lluvias recientes, el escenario es desolador; en cada esquina, se contaban muros derrumbados, vehículos semi-sumergidos y familias evacuadas; sentí nuevamente la misma impotencia que en mis años mozos.

“Un vecino mayor me dijo: “Pareciera que los ríos han tomado venganza, hacen caso omiso de las calles que trazamos”, efectivamente, en estas tormentas de 2025, quedó en evidencia la fragilidad de la infraestructura, alcantarillas rebosantes, caminos destrozados y puentes colapsados; el Ejército se quedó desplegado, y mis hijos ayudaron a descargar víveres a un refugio escolar. Cada gota me recordaba la lección de 1932, 1944 y 1990, donde la naturaleza es una fuerza indomable que solo reconoce el respeto y la preparación. Frente a tanta tragedia, solo queda la solidaridad y la memoria viva. Hoy, con casi un siglo a cuestas, sé que nuestro llanto por los perdidos y nuestras cicatrices materiales, son advertencias para futuras generaciones, porque mientras haya arroyos y tormentas, jamás podremos olvidar las aguas que creímos inimaginables”, de esta forma terminaba don Andrés su charla con un servidor.

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