Con Aprecio para el Profe Rubén Beltrán Acosta

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Por: Oscar A. Viramontes Olivas

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Desde que tengo memoria, el nombre del profesor Rubén Beltrán Acosta, ha sido un faro luminoso en mi vida, no simplemente un maestro, sino un guía que con paso firme y voz pausada, me ayudó a comprender que una ciudad no se cuenta en fechas, sino en rostros, en documentos rescatados del olvido, y en el silencio de un archivo que resguarda el alma de sus calles; esta no es una crónica para exaltar el ego o la soberbia de algún político o funcionario, es dedicada, a un ser humano humilde, sencillo, lleno de sueños, es, una crónica dedicada a su legado, entrelazando mi propia experiencia con su historia, para honrar la pasión y el sacrificio del ser humano, que ha entregado su vida al magisterio, a la vida sindical, a la apertura de colonias, y a preservar

Rubén Beltrán

El profe Beltrán, faro luminoso que durante muchos años ha preservado la historia de todos los chihuahuenses. / Foto: Cortesía / Crónicas Urbanas de Chihuahua

El profe, nacería en Santa Eulalia comprendiendo desde muy joven, que su destino estaba entre libros, pizarras y el pulso de los alumnos y de la gente; en su primer texto escrito en 1966, abordaría el movimiento magisterial en Chihuahua, siendo pionero en un estudio serio sobre los maestros del estado y municipio de Chihuahua; en sus clases de magisterio, formó generaciones de educadores con el rigor intelectual de un historiador, y la cercanía humana de un guía paternal genial. Durante más de 26 años —hoy son casi tres décadas— asumiría la responsabilidad del Archivo Histórico del Municipio de Municipal, que, en ese tiempo, yacía olvidado bajo el sótano de la Presidencia Municipal, expuesto al manto freático, la humedad constante y la indiferencia de las autoridades para rescatarlo.

Recuerdo la primera vez que lo acompañé, abrimos una vieja caja que olía a papeles viejos, a humedad, a polvo, y a un silencio que reclamaba justicia; ese documento, sería el tomó de la primera acta de 1668, exclamando lo siguiente: “Aquí está la voz de los que ya no están. Nuestra obligación es hacerlos presentes”. Pasaría el tiempo, y el profe Beltrán lograría trasladar ese archivo al edificio de lo que hoy conocemos como la Mediateca Municipal en la avenida Teófilo Borunda Norte, espacio donde hoy se resguardan más de mil 787 cajas, y 34, 276 expedientes que abarcan desde la época colonial hasta nuestros días. Sin duda, ese acto fue una muestra de su entrega al cargar con el peso de la historia en sus hombros, pues el antecedente de ese archivo ha sido itinerante, perdiéndose a través del tiempo documentos desde el incendio de 1941 en el Palacio de Gobierno, su traslado al viejo Teatro de los Héroes que, al quemarse en 1955, parte de ese archivo sería fulminado por el fuego, y algunos documentos serían rescatados y llevados a los sótanos fríos y húmedos de la actual Presidencia municipal.

No se limitó al archivo como cronista, ha sido un custodio activo del Centro Histórico ya que, en octubre de 2023, celebraría la intervención de vialidades emblemáticas como la renovación de la avenida Juárez y la peatonalización de la Libertad, exhortando a la ciudadanía a conservar las plazas originales, como la de San Francisco, de Armas, y Merino. Para él, la transformación urbana, debe servir a la memoria colectiva; cada adoquín restaurado, una historia rescatada; cada farol que reemplaza a uno averiado es garantía de seguridad para una generación que no olvida. Su trayectoria ha sido reconocida dentro y fuera del estado de Chihuahua, ya que, en 2019, recibiría la presea “Petamuti” durante el Congreso Nacional de Cronistas de Ciudades Mexicanas en Campeche por más de veinte años de servicio, marcado por su humildad y calidad humana. Además, compitió entre más de 500 crónicas nacionales, obteniendo el primer lugar por su obra sobre Francisco Villa. Cada premio lo acoge con gratitud, mientras él devolvía el mérito a quienes trabajaron junto a él, siempre con los pies pegados en la tierra, nunca se ha mareado, antes, al contrario, su humanidad es de reconocerse.

Rubén Beltrán

No es por sus innumerables reconocimientos lo que lo hace grande, es por su calidad humana. / Foto: Cortesía / Crónicas Urbanas de Chihuahua

A lo largo de su vida también fue líder en colonias, impulsor de nuevas comunidades y aliado de los vecinos, enseñando a leer, escribir y sentir orgullo por sus calles; participaría en un sinnúmero de veces en ferias del libro, conferencias públicas y eventos culturales, siempre regresando con libros firmados para niños que preguntaban qué era ser cronista; para él, el conocimiento debía llegar con humildad en la voz de quien construye ciudadanía desde los barrios. En 2024, narraría magistralmente la fundación de la Universidad Autónoma de Chihuahua desde la emblemática Quinta Gameros, conectando la historia de Martín Humberto Barrios y el decreto del 8 de diciembre de 1954 con nuestra identidad cultural; en sus relatos, uno vea al historiador que venera el pasado, pero también al maestro que siempre ha buscado inspiración para el porvenir educativo del estado.

El Día del Archivista, impartiría la conferencia “El Archivo Histórico Municipal como cimiento de la transparencia, acceso a la información y rendición de cuentas”, en coordinación con autoridades municipales, para él, el archivo no es un depósito muerto, es un espacio vivo, un instrumento de transparencia y derecho ciudadano; en agosto de 2024, se le ofreció un homenaje en el Teatro de Cámara Fernando Saavedra, en reconocimiento a casi tres décadas de labor constante para el gobierno del estado y el municipio de Chihuahua, llegando con su bastón, modesto, vestido con su saco gris habitual, saludando a todos con gratitud, como si fuera una bendición, externando en ese momento lo siguiente: “La memoria no es mía, pertenece a la ciudad”.

Me acuerdo cuando comencé a escribir las crónicas urbanas de Chihuahua, fue para mi un maestro y compañero; en varias ocasiones, caminamos por la avenida Juárez, me señalaba una placa casi invisible explicándome lo siguiente: “Ese nombre no está solo, ahí vivió quien hizo posible el primer ayuntamiento en 1719”. Aprendí a mirar las plazas como ecos de fundadores, los eslabones como huellas invisibles del pasado; gracias a su acompañamiento, mis relatos se llenaron de matices, de contextos y de respeto hacia la voz de nuestros antepasados. Una tarde lo vi llevar un saco grande de pan a una reunión vecinal en una colonia humilde, repartiendo a los niños con una sonrisa y cuando le pregunté por qué llevaba pan y no libros, me respondió: “Los niños tienen hambre de pan y de historias”. También, había tallado una escultura de madera con la forma de una llave antigua que donó a un parque local —la llave simbolizaba el derecho al conocimiento y la apertura de puertas a la historia, colocándola el mismo, sin fanfarria y sin faltar la interacción siempre agradable con los vecinos. En otra ocasión, anunciaría que escribiría una revista digital sobre insurgentes olvidados en la que, plasmaría las biografías de patriotas poco conocidos; la publicó gratuitamente durante el mes de la Independencia y en ello, no buscó reconocimiento, sino despertar conciencia histórica.

Hace unos meses, cuando su salud comenzó a resentirse tras superar el COVID, sus familiares temieron que se apagara, sin embargo, continuó dictando charlas, revisando expedientes y escribiendo notas desde su silla de ruedas; su voz, aunque más débil, seguía clara y firme. Me acuerdo que una tarde me llamaría para revisar un documento colonial que creía perdido en el archivo, mientras lo ayudaba a mover cajas, me miró y dijo: “Mire Viramontes, cada expediente salvado es un compromiso con quienes no pudieron contar su historia”, por ello, no dudo que su vida ha sido de entrega y de victorias silenciosas; la figura del profe Rubén Beltrán es heroica no por los aplausos, sino por la perseverancia cotidiana, enfrentando la indiferencia institucional, el olvido colectivo, el polvo y la humedad y aún, así, ha permanecido fiel a su propósito que con fe y humildad, ha enseñado que escribir una crónica, es un acto de amor, y que preservar un archivo, es un acto de confianza hacia el futuro. Hoy, su legado vive en cada niño que pregunta por el nombre de su calle; en cada estudiante que consulta un expediente: en cada historiador que cita una placa restaurada. En Pachuca, Camargo, Chihuahua o en cualquier punto geográfico, su nombre es sinónimo de ciudad viva, de memoria con voz humana.

Para terminar, cierro esta crónica, consciente de que no alcanzan las palabras para describir su valor, pero me aferro al compromiso que, cada vez que firme mis líneas, pensaré en él; cada vez que alguien abra un archivo y lea un acta antigua, pienso que su labor continúa. La grandeza del profesor Rubén Beltrán Acosta, no está en los premios que ha recibido, sino en la esperanza legada a quienes conservarán la memoria después de nosotros. Con gratitud y admiración, cierro este pequeño homenaje a un gigante y, que siempre su historia nos inspire a servir con el corazón callado, discretamente generoso, profundamente humano, como él. Que su pasión por la crónica urbana sea un faro que guíe a las generaciones que busquen entender que las ciudades son organismos vivos, tejidos de voces y vivencias que él se empeñó en resguardar. ¡Dios le bendiga siempre mi querido profe!

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