CHIHUAHUA CHIH.- Había algo en el aire de Chihuahua que siempre me hizo creer que la ciudad era un libro abierto, páginas de polvo, de piedra y de agua que, se iban escribiendo a cada paso; nací con la costumbre de mirar hacia arriba, a las cornisas y las torres, y de escuchar el rumor de la plaza como si fuera un corazón que marcará los tiempos de mi vida. Fue en ese latido urbano, donde aprendí a leer la historia en voz alta, primero el júbilo de una obra que prometía abastecernos, luego, el estruendo de las botas y los cascos de la guerra revolucionaria, y más tarde, el clamor solidario de las ideas que cruzaban el océano. En los relatos que aquí me atrevo a contar, vuelven a vivirse esos tres momentos, la primera inauguración de la presa Chuvíscar en 1908, las jornadas turbulentas de 1916 cuando Villa volvió a caminar por las calles de la capital, y la emoción ardiente de 1936, cuando la solidaridad con la República Española atravesó hasta nuestras esquinas.

Recuerdo la voz de mi abuelo cuando hablaba de la presa del Chuvíscar, como si fuera un milagro de cantera y acero, él, la mencionaba con una mezcla de orgullo y reverencia: “Aquella mañana de septiembre de 1908 —decía— todo el mundo fue a ver el agua que llegaría a la ciudad”. Tenía razón, la inauguración del 6 de septiembre marcó, en los papeles oficiales y en el ánimo de la gente, el trazado de un porvenir menos árido. La obra, que los contratistas construyeron con mano firme y sudor, prometía contener cinco millones de metros cúbicos de agua, y regalarle a Chihuahua un respiro frente a su sed de siglos. Recuerdo la fotografía antigua que mi abuelo guardaba en un cajón, hombres con sombrero de ala ancha al borde de la cortina de la presa, mujeres con mantillas que intentaban protegerse del sol, niños que se colaban entre las piernas para ver de cerca el brillo del agua recién retenida. Era, en verdad, una celebración luminosa —civiles con corbata, autoridades con medallas, botellas de champaña improvisadas para regocijo—, y el gobernador Enrique Creel, que presidió el acto, parecía un personaje salido de una postal de progreso. La presa no fue solo una cortina de piedra, fue una promesa y símbolo, el signo tangible de que la ciudad podía domar a la naturaleza y abrirse paso hacia la modernidad, sin embargo, aclaró que esta inauguración fue la primera, porque un año después, pero en octubre, vendría don Porfirio Díaz Mori a reinaugúrarla.
La emoción de aquel septiembre, se mezclaba con contradicciones que la gente guardaba en la mirada, por un lado, la alegría del progreso, por otro, la sospecha de que la riqueza que el agua permitiría no sería para todos. Mi abuela contaba que los campesinos del extrarradio, miraban la obra con esperanza, pero también con recelo, ¿quién bebería primero? ¿quién abonaría la tierra con esa nueva abundancia? En las cantinas cercanas a la plaza de Armas, se discutía por supuesto, con cerveza en mano; en las escuelas, los maestros hacían el símil entre la presa que “traería vida” y la educación que “abriría mentes”. Ese septiembre de 1908, la ciudad respiró un aire jovial y algo presuntuoso; nos sentíamos dueños de un porvenir que, sin embargo, ya llevaba tatuadas desigualdades que todavía hoy se dejan ver.
Pasarían los años y la ciudad cambió de rostro, las casas se multiplicaron, el tranvía marcó ritmos más agitados y las plazas —esas plazas viejas y tercas— conservaron su costumbre de ser escenario de lo público, de guardar las voces y los pasos de la gente. Entonces, en 1916, llegó una tempestad que nadie, en pleno cenit del progreso urbano, pudo ignorar; yo tenía por entonces la mirada presta de quien escucha historias de guerra en bocas ajenas, no viví la jornada con la piel empapada de miedo, pero crecí con las leyendas que los viejos contaban junto al fogón, y esas leyendas olían a pólvora, a suela mojada y a pan frío. Entre las historias más repetidas estaba, la llegada y maniobras de Francisco “Pancho” Villa; en septiembre de ese año, Villa, que había sido y dejado de ser tantas cosas, decidió internarse de nuevo con su tropa en la capital —y la ciudad, que hasta entonces había llevado la vida con cierta parsimonia, se volvió teatro de un suceso inevitable. Recuerdo los relatos con el detalle de quien reconstruye una escena a partir de fragmentos; persianas que, se cerraban a toda prisa como párpados que intentan no ver lo que viene, carros cargados de enseres huyendo por la avenida principal con el chirriar de las ruedas convertidas en alarma, y hombres de rostro curtido que, se congregaban en los portales para observar pasar la columna como si contemplaran una obra que mezcla tragedia y fascinación. Dicen que el 15 de septiembre, Villa se deslizó hasta la ciudad, que su figura montada cortó el humo del amanecer como el filo de una profecía; llegó con apenas dos mil hombres a una plaza que, en papeles oficiales, estaba defendida por muchas más bayonetas, sin embargo, por esa vez, la ciudad se mostró un teatro donde las voluntades —repentinamente— supieron inclinarse.
La leyenda habla de liberaciones sin derramamiento de sangre, de prisioneros que salieron al aire como si el destino les hubiera concedido de pronto una tregua; para unos, fue salvación, la vuelta del hijo del Norte que traía orden a la anarquía; para otros, presagio de devastación con la llegada de un ciclón que, arrasaría las raíces de lo cotidiano. Yo me he imaginado aquella jornada con los ojos de un niño que habría corrido a la esquina para ver el vapor de las herraduras, y veo la Plaza de Armas, convertida en anfiteatro improvisado, poblada de voces, vendedores que tejían el ambiente con alharacas, mujeres asomadas desde balcones, con delantales llenos de temores; el cielo pintándose de pólvora, cuando las consignas empezaron a escucharse con un eco que subía y bajaba como olas. Hubo celebraciones que sonaban a liberación, y llantos que olían a pérdida; hubo abrazos entre familias que no se veían desde meses atrás, y miradas de cómplice miedo que cruzaban las calles con la velocidad de los rumores. La contradicción fue la sal de esos días, mientras algunos gritaban “¡Viva Villa!” con un fervor casi religioso, y entregaban a la causa sonrisas y flores, otros se callaban y apretaban los puños, porque la represión podía nacer en cualquier esquina. En la cantina de doña Rosa —esa que estaba a un costado del mercado, con su lámpara de aceite siempre encendida— se repetía una frase que se hizo refrán: “Villa es la tormenta que limpia, pero también la que arranca raíces”. ¿Limpiar?, ¿arrancar? Las respuestas, a la distancia, se vuelven menos claras que las proclamas de los panfletos; la guerra deja huellas que el tiempo no borra del todo.
Las campañas continuaron, la expedición punitiva de Pershing trazó otra cartografía de temor en esas montañas y llanos; la frontera se transformó en un tablero manierista donde las tropas entraban y salían, y la gente miraba con prudencia oscura, aprendiendo a medir los silencios, tanto como a medir las palabras. La ciudad de Chihuahua, con su mezcla de temple y rumor, resistió la feria de armas, la inteligencia de la guerrilla y el juego de alianzas que hacía y deshacía lealtades; la vida cotidiana —esa música insistente— sonó de nuevo entre los estruendos, con la risa de los niños reclamando su derecho a la inocencia, con la esperanza incómoda de hombres que soñaban cultivar algo más que tierra en barbecho. Vi, con el ojo de quien recoge anécdotas, cómo la gente encontraba modos de seguir viviendo a pesar de todo, el tendero que ahora vendía a crédito sin preguntar mucho, la madre que escondía pan bajo el colchón para emergencias, el artesano que retomaba su oficio al primer signo de calma, y los niños que aprendieron a jugar con las sombras de las vastas figuras montadas en el horizonte. Hubo héroes anónimos que no entran en los libros; la mujer que cocinó para quien llegaba hambriento sin preguntar banderas, el joven que cuidó de un herido ajeno, y lo vistió sin reproche; el cura que dejó la sacristía para repartir agua a los sedientos…Está crónica continuará.



