Agua Barro y Sangre: Tres trombas en Parral, Septiembre 1932, 1936 y 1944

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Por: Oscar A. Viramontes Olivas

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Recuerdo a Hidalgo del Parral, como un pueblo de piel áspera y garganta de río; su calle principal, recogía el rumor de las campanas, las fachadas guardaban la huella del sol, y las noches olían a leña y café. Pero hay mañanas en que, la memoria se vuelve líquida y todo aquello que parecía sólido, reaparece arrastrado por corrientes de recuerdo. Hablo de las trombas que, en septiembre de varias décadas, vinieron a tallar en piedra la tragedia del pueblo: 1932, 1936 y ese 8 de septiembre de 1944, que quedó inscrito con sangre en la memoria colectiva. Esta crónica intenta reunir esa furia del agua, ese estruendo de techos arrancados, esas voces que se negaron a callar frente al desastre. No obstante, al leer las viejas crónicas, al hojear los papeles amarillentos y al escuchar a los que heredaron la historia, se me pegó la sensación de humedad en la garganta; la impresión de que las lluvias no llegaron por azar, sino como una venganza largamente preparada por los cerros.

En septiembre de 1932 una tromba intensa, según cuentan los archivos, se desató con una violencia descomunal sobre Parral; los arroyos que, hasta entonces murmuraban, se hincharon como bestias enfurecidas y quebraron sus bordes. Las corrientes embistieron las casas, asaltaron las plazas, y con un gusto feroz por la destrucción, arrancaron todo lo que encontraron a su paso. Me permito imaginar porque así trabajan los cronistas— la mañana de aquel 7 de septiembre, nubes gruesas, un cielo que parecía aplastado contra las montañas, y luego el golpe, lluvia como metralla. El agua bajó colérica por las laderas, arrastró piedra y árbol, penetró en los patios donde los hombres creían tener refugio. Se calcula que fueron cientos los edificios afectados. Casas centenarias, tiendas, los talleres de los artesanos, los corredores donde colgaban las noticias del pueblo, todo quedó humedecido, cobarde, roto. Hubo damnificados en grupos; familias que vieron partir sus enseres como si fueran pequeñas balsas condenadas. Se tardó años en recomponer no solo la infraestructura, sino la confianza misma de la gente.  La devastación no es sólo cemento y ladrillo; es también el desgarro de las rutinas. Perder una cocina, una mesa, las pocas fotografías que sujetaban la identidad familiar, es perder la continuidad de la vida. Y cuando la pérdida es colectiva, el dolor adquiere una tonalidad más oscura; angustia burocrática, largas filas por ayuda, refugios improvisados donde se escucha llorar a la noche. Los relatos de 1932 hablan de rostros pálidos en la plaza, de vecinos que se abrazan y comparten una cobija, de madres que protegen a los suyos con cuerpos temblorosos. El agua fue ladrón y verdugo a la vez.

20 08 CRONICAS URBANAS

Tres inundaciones han experimentado la ciudad de Hidalgo del Parral. La naturaleza tiene memoria, consecuencia de las tragedias presentadas en 1932, 1936 y 1944 / Foto: Julio César Molina López

Cuatro años después, el 25 de septiembre de 1936, la historia pareció repetir su forma cruel. Otra vez la tormenta, otra vez la subida violenta de los arroyos, otra vez calles convertidas en canales errantes. La documentación sobre ese episodio es menos abundante que para 1932, pero los archivos regionales consignan que las pérdidas materiales fueron severas y que hubo víctimas humanas. Cuando la documentación es escasa, la memoria oral toma la posta; los abuelos susurran sobre techos que volaron, sobre puentes que cedieron, sobre potreros anegados y animales perdidos. En la voz de los más viejos, se escucha ese matiz de incredulidad que acompaña al que siente que la naturaleza se comportó con saña.  Y si la trayectoria de la lluvia fuera un relato en crescendo, llega el clímax doloroso del 8 de septiembre de 1944. Aquella tromba, no solo fue una tormenta, fue una catástrofe que dejó al menos cincuenta muertos y 3,500 damnificados, según las crónicas contemporáneas.

Las aguas del arroyo El Alamillo, que tantas veces habían sido compañeras dulces del pueblo, se convirtieron en un látigo implacable, destruyeron edificaciones, arrastraron vehículos, desgarraron los accesos y dejaron una estela de desesperación. Imagino, de nuevo, el ruido como un gigante enardecido: el chapoteo convulsivo, el tronido de las entradas de agua colapsando; los gritos que se perdían entre el golpe constante de la lluvia. Las cifras, cuando aparecen en las páginas, tienen un frío administrativo que no alcanza a medir la tragedia humana; cincuenta vidas truncadas, miles de historias rotas, una ciudad que necesitará ayuda exterior para levantarse. La tragedia física se traducía en sufrimiento cotidiano. No era solo la pérdida de un techo; era la pérdida de la escuela donde un niño aprendía a leer, de la herramienta con la que un artesano ganaba su pan de cada día; de la farmacia donde una madre compraba medicinas. Las escenas repetidas en testimonios posteriores, son siempre las mismas, vecinos cargando en silencio lo que pudieron rescatar, mujeres exhaustas que, intentaban salvar una cajita con papeles; jóvenes, hasta tarde apoyando con palas y fuerza. El barro, además, fue el gran igualador, lo cubrió todo sin preguntarse por clases ni por nombres.

Pero también hay otra cara, la resiliencia. Y es que después de la inundación, viene la reconstrucción, esa mezcla de solidaridad e interés, de autoridad que promete y a veces demora. Las obras de mitigación se imaginan en las oficinas, pero su ejecución recae en manos de la gente. Los días que siguen a la catástrofe, están llenos de organización improvisada; largas jornadas para limpiar calles, improvisadas brigadas ciudadanas, ayuda que llega desde otros municipios. Esa maquinaria humana, hecha de cansancio y valentía, construye el relato que contiene la atención a los damnificados; albergues, que acogen familias enteras, ollas comunitarias que alimentan a los que lo perdieron todo; donaciones que llegan envueltas en la bondad del anonimato. Pese a esa solidaridad, la pérdida tiene una huella que no se borra. El dinero no alcanza, la lentitud de la burocracia hiere, y las promesas incumplidas se vuelven rencor. El tiempo de reconstrucción, se convierte en una cuenta regresiva de frustraciones; la carretera que prometieron repavimentar sigue llena de baches; las casas que se autorizaron, no llegan a todos; las ayudas, se administran con listas que olvidan a algunos. Los archivos dicen que Parral, tardó años en recuperarse; la memoria dice que algunos nunca se recuperaron del todo.

Si la crónica sirve para algo, es para nombrar la tragedia con adjetivos que la acerquen a la piel del lector; devastadora, implacable, voraz, desgarradora, pero también, es necesario hablar de la lluvia con términos menos violentos, indiferente, imponderable, elemental. El paisaje que azota no tiene maldad humana; es el planeta mostrando su poder. Sin embargo, la vulnerabilidad humana, se hace patente cuando las infraestructuras ceden, cuando las cuencas están dañadas por la deforestación, o cuando el urbanismo no previó el cauce de las aguas. En ese punto, la tragedia natural, se vuelve tragedia social, la precariedad habitacional, la falta de drenaje, la pobreza de muchos, hacen que el golpe del agua sea más letal. Las historias pequeñas, son las que perforan el corazón; el comerciante que vio su tienda inundada por segunda vez en pocos años; la maestra que perdió el cuaderno de pruebas y con él, el registro del esfuerzo de sus alumnos; el alcalde que tuvo que afrontar la mirada expectante de la ciudad, mientras negociaba recursos para la reconstrucción. En las conversaciones, con quienes heredaron los recuerdos, emergen también episodios de valentía silenciosa, un vecino que salvó a una familia entera al tender sogas entre casas; un grupo de jóvenes que improvisó botes para rescatar ancianos; las monjas que abrieron conventos como refugio.

El recuerdo de 1932, 1936 y 1944, se convirtió en un mandato, no permitió que la historia se repitiera con el mismo saldo de muerte y abandono. Hoy, si camino por Parral y me detengo junto a la cuenca del Alamillo, veo un lugar más ordenado, quizá más prudente. Hay señales, diques, alguna que otra placa que recuerda a las víctimas, y el bosque de la memoria murmura lecciones para los que quieran oír…Está crónica continuará.

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