Chihuahua entre Ríos, Polvo, Sol y Memoria: Aniversario 316 de su Fundación

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Por: Oscar A. Viramontes Olivas

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El 12 de octubre de 1709, amaneció distinto en el corazón del septentrión novohispano, aquel día, entre los murmullos del río Chuvíscar y las sombras tempranas del Sacramento, nació un asentamiento que con el tiempo se convertiría en la capital de los vientos y del destino, San Francisco de Cuéllar, nombre primero de lo que hoy es la ciudad de Chihuahua; su fundador, Antonio Deza y Ulloa, hombre de mirada firme y espíritu organizador, había divisado en estas tierras áridas un lugar de confluencia, donde el agua, los minerales y la esperanza, se cruzaban en un punto exacto del mapa del norte. El paisaje era una mezcla de desolación y promesa; los cerros rojizos, como guardianes milenarios, rodeaban el valle donde los ríos serpenteaban tímidamente entre sauces y álamos.

Los primeros colonos llegaron con herramientas rudimentarias, bestias cansadas y un puñado de sueños; algunos, provenían de Parral, otros de Santa Eulalia, atraídos por las vetas argentíferas de la región, ellos, se establecerían alrededor de una pequeña capilla dedicada a San Francisco, punto de partida de lo que más tarde sería la Plaza de Armas, corazón palpitante de la ciudad. Con el paso del tiempo, el nombre del poblado cambió, como cambian las aguas que lo bañan, de San Francisco de Cuéllar, pasaría a ser conocido como San Felipe el Real de Chihuahua, en honor al monarca español Felipe V y al vocablo indígena “Chihuahua”, que algunos lo traducen como “lugar seco y arenoso”, aunque otros afirman que significa “entre dos aguas”, en referencia a los ríos Chuvíscar y Sacramento. Y tal vez, en esa doble interpretación, se esconda la esencia misma de la ciudad, una tierra árida, pero generosa, dura, pero siempre viva.

ciudad de chihuahua cerro del coronel

Sin duda estamos contentos porque nuestra ciudad de Chihuahua, llega a sus 316 años de vida / Foto: INAH-coloreada- Octavio Legarreta

A lo largo del siglo XVIII, el nuevo asentamiento creció al ritmo del repique de las campanas y del rumor metálico de las haciendas de beneficio, donde la plata de Santa Eulalia era fundida y purificada. De aquellas épocas mineras, surgieron construcciones que aún hoy respiran historia, las casonas de cantera rosa, los balcones de hierro forjado, las calles empedradas donde los pasos de los arrieros y frailes tejieron la urdimbre de una sociedad mestiza, profundamente religiosa y laboriosa. El alma de Chihuahua se formó en torno a sus espacios públicos, la Plaza de Armas, aún hoy corazón del Centro Histórico, fue durante siglos el escenario de las procesiones, los bandos reales, los tiroteos y las celebraciones. Frente a ella, se levantó la Catedral de Chihuahua, joya del barroco novohispano que tardó más de un siglo en completarse; su fachada, tallada como si fuera un rezo de piedra, sigue siendo el rostro más noble de la ciudad. No lejos de allí, la Plaza Merino, antes llamada del “Mercado” o “Uranga” o de “La Horca”, la cual, congregó por décadas a comerciantes, músicos y paseantes.

El Parque Lerdo, con sus árboles centenarios y sus bancas gastadas, fue testigo de incontables declaraciones de amor y de reuniones políticas que definieron el rumbo del Estado; en cada una de esas esquinas, se respira el eco de un pasado donde los ideales y las pasiones se confundían con el polvo del camino. Chihuahua nació entre ríos, el Chuvíscar y el Sacramento, los que, fueron durante siglos sus arterias, pero también su amenaza, habiendo años de abundancia, cuando sus cauces reflejaban el azul limpio del cielo, y daban vida a las huertas de manzanos, duraznos y nogales, pero también, hubo años en que el agua, convertida en furia, arrasó con todo, así, las crecidas de 1881, 1932 y 1990, marcaron profundamente la memoria colectiva, donde las casas del barrio de Santo Niño, las huertas del Chamizal, y los talleres del centro, fueron devorados por torrentes desbordados, y aun así, la ciudad se levantó, una y otra vez, sobre el fango y la pérdida, como si en su ADN estuviera escrita la resistencia. Chihuahua no fue sólo un punto geográfico, fue también escenario de la historia nacional, en sus calles, se escribieron páginas de gloria y de tragedia; aquí, en 1811, fueron ejecutados don Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Aldama y Jiménez, los iniciadores de la independencia. En el antiguo Palacio de Gobierno, convertido hoy en museo, la celda del Padre de la Patria se conserva como un santuario de dignidad, sus paredes, aún guardan el silencio de la última noche de Hidalgo y la firmeza de su fe.

Durante la intervención francesa en 1864, la ciudad fue refugio de la República itinerante de Benito Juárez, quien instaló aquí su gobierno mientras los invasores ocupaban el centro del país. En esas jornadas de incertidumbre, Chihuahua se convirtió en símbolo de la resistencia republicana y de la esperanza democrática. Décadas más tarde, la Revolución Mexicana encontraría en estas tierras, uno de sus epicentros, Pancho Villa, Abraham González, y tantos otros caudillos del norte, hicieron de Chihuahua su bastión. Las calles retumbaron con el galope de los dorados; el olor a pólvora se mezcló con el viento seco, y los tejados fueron testigos de un pueblo en armas que buscaba justicia. La Quinta Luz, la casa de Villa, siguen siendo un recordatorio de aquellos días de furia y de ideales truncos.

Tras los estragos de las guerras, Chihuahua comenzó un lento proceso de transformación, en el siglo XX, la ciudad dejó de ser un enclave minero para convertirse en un centro industrial, educativo y político de importancia nacional. Las viejas haciendas dieron paso a avenidas amplias y colonias modernas; el Palacio de Gobierno, se convirtió en símbolo del poder civil, con sus murales majestuosos de Aarón Piña Mora que, narran con colores ardientes la epopeya del pueblo chihuahuense. El Ferrocarril Chihuahua al Pacífico, inaugurado en los años sesenta, unió la ciudad con el mar, atravesando la Sierra Tarahumara, como una herida de acero y esperanza; el aeropuerto General Roberto Fierro, con su nombre evocador de aviador legendario, abrió las puertas del cielo a una urbe que aprendía a mirar hacia adelante.

El clima de Chihuahua es extremo, casi bíblico, los veranos abrasan con temperaturas que superan los 40 grados, y los inviernos azotan con fríos que cortan la respiración, pero en esa rudeza natural, se forjó el carácter de su gente firme, estoica, trabajadora, donde cada amanecer el sol cae como plomo derretido sobre los cerros del Coronel, el Grande y el de la Cruz; las sombras se deslizan lentamente por las calles del centro, donde los portales resguardan historias que no se olvidan. Caminar por el Parque Lerdo en la tarde, es sentir el pulso de una ciudad que ha aprendido a sobrevivir a sus propios incendios. Los niños corren entre las palomas, los ancianos conversan sobre tiempos mejores, y el aire huele a elote asado y a nostalgia. Chihuahua no envejece, se transforma.

antigua ciudad de chihuahua

Desde su inmensidad, Chihuahua una ciudad que ha superado los sinsabores del tiempo, para convertirse en una importante y progresista urbe del norte de México / Foto: INAH-coloreada-Jaime Álvarez

Cada edificio, cada plaza, cada esquina, guarda una historia, el Museo Casa Chihuahua, antigua sede del Palacio Federal, conserva la piedra donde fue fusilado Miguel Hidalgo; el Templo de San Francisco, austero y silencioso, recuerda los albores de la fundación; el desaparecido Teatro de los Héroes, con su arquitectura neoclásica, evoca las noches de ópera y los discursos encendidos, y las casonas del barrio de San Pedro, aún susurran los secretos de familias que vieron pasar revoluciones, sequías e inundaciones; Chihuahua, sigue siendo más de tres siglos después, “el lugar entre ríos”, aunque sus cauces a veces parezcan agotados, el Chuvíscar y el Sacramento, siguen cruzando la ciudad como venas antiguas, recordando a sus habitantes que toda grandeza, nace del equilibrio entre sequía y la corriente.

La ciudad, bañada por el sol y herida por el viento, conserva la mirada orgullosa de sus antepasados, su historia, no es una línea recta, sino un torrente que sube y baja, que arrasa y reconstruye, que mata y da vida. El siglo XXI, encontró a la capital fuerte y vulnerable al mismo tiempo. Su crecimiento demográfico trajo consigo progreso, pero también desigualdad. Aun así, el espíritu solidario de su gente permanece intacto. En momentos de crisis, ya sean sequías, pandemias o inseguridad, los chihuahuenses vuelven a levantar la cabeza, recordando que provienen de fundadores que edificaron sobre el polvo y la esperanza. Las avenidas se llenan de luz cada septiembre, cuando el viento del otoño empieza a soplar desde la sierra y las campanas repican con el eco de la fundación. En cada ceremonia, el nombre de Antonio Deza y Ulloa es pronunciado con respeto, como quien menciona al ancestro que dio forma al destino.

Chihuahua sigue siendo, más de tres siglos después, “el lugar entre ríos”, aunque sus cauces a veces parezcan agotados. Los ríos Chuvíscar y Sacramento, siguen cruzando la ciudad como venas antiguas, recordando a sus habitantes que toda grandeza nace del equilibrio entre la sequía y la corriente. La ciudad, bañada por el sol y herida por el viento, conserva la mirada orgullosa de sus antepasados. Su historia no es una línea recta, sino un torrente que sube y baja, que arrasa y reconstruye, que mata y da vida. Chihuahua, la del cielo inmenso y las tardes doradas, la del polvo que se aferra a la piel y la esperanza que no se extingue, sigue viva, latiendo con fuerza en el corazón del norte mexicano en su cumpleaños 316. ¡Felicidades!

“Chihuahua entre Ríos, Polvo, Sol y Memoria: Aniversario 316 de su Fundación”, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua.

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