Don Teófilo Borunda Ortiz, el ciclón que transformó Chihuahua

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Por Oscar A. Viramontes Olivas

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En este ocasión y resaltando a los personajes egregios de Chihuahua, nos encontramos en el radar de los recuerdos a un transformador, visionario incansable, él, don Teófilo Borunda Ortiz, que nacería un 4 de febrero de 1912 en la hermosa región de Satevó, Chihuahua en el seno de una familia marcada por el trabajo duro, y la devoción por la comunidad; desde su infancia, existió en él, una mezcla de temple y curiosidad que lo empujaría a buscar, más que el éxito personal, la transformación de su tierra. Hijo de una región agreste, aprendió pronto a medir la vida con la misma prudencia que exige la agricultura, y con la dignidad que exige la vida pública. Hombres y mujeres que trabajaban la tierra, que escuchaban la radio entre faena y faena, y que, le enseñaron que la palabra tiene que corresponder siempre a un acto.

Aquellos primeros años, entre la humedad del campo, y la aridez de las escuchas, forjaron en él, la convicción de que la política, no era un fin, sino un instrumento, pues con honestidad y trabajo, la administración pública podía convertirse en puente para las personas y no en barrera.  La inserción de Borunda en la política fue gradual, sin estridencias, pero con intensidad. Sus primeros cargos municipales en Ciudad Juárez, le permitieron entender la complejidad de la frontera, sus flujos económicos, contrastes sociales, necesidades de infraestructura y, sobre todo, la urgencia de gobernar con responsabilidad.

CRONICAS URBANAS

Don Teófilo Borunda Ortiz, arquitecto y transformador del estado de Chihuahua Foto: APCUCh

En 1940 asumiría la presidencia municipal de Juárez, sabía escuchar a los comerciantes, a los trabajadores, a las familias que pedían calles pavimentadas y escuelas, y comprendió que las grandes obras, no eran gestos de poder, sino herramientas para abrir oportunidades. Su carrera avanzó con paso firme: diputado, senador, dirigente local, hasta llegar a la candidatura para la gubernatura de Chihuahua. No fue un camino llano, detrás de su ascenso, hubo conflictos, rivalidades y pruebas; tuvo que negociar, en ocasiones ceder, en otras resistir con convicción. Sabía de alianzas, pero también de la fragilidad de la política cuando se olvida la ética: “La diputación dura tres años; la vergüenza, toda la vida”, repetía para recordarle a sus compañeros que, la reputación se construye con cada decisión y que la palabra pública, exige coherencia.

La lucha por la gubernatura fue para Borunda, una batalla política que reveló su capacidad de organizar, resistir y convencer. No se trató solo de aspirar a un cargo, sino de presentar un proyecto de estado, más escuelas, mejores caminos, agua segura, obras que duraran y transformaran la vida cotidiana. Llegar a la gubernatura, significó para él, la posibilidad de aplicar una visión integral para la modernización de Chihuahua, la cual, no podía ser solo un eslogan, debía traducirse en escuelas en pueblos, en hospitales accesibles, en presas que garantizaran la disponibilidad de agua, y en obras urbanas que protegieran a la gente de inundaciones y del abandono. Cuando asumió el gobierno en 1956, lo hizo con la idea de que la infraestructura sería palanca de desarrollo, con la convicción de que la educación, sería la base del progreso. Desde entonces, su nombre quedó ligado a proyectos que cambiaron el mapa físico y simbólico del Estado.

Entre sus obras insigne destacan, la canalización del río Chuvíscar en la ciudad de Chihuahua, y la construcción de presas y embalses que, figuraron como emblemas de una administración que pensó a largo plazo. La canalización del Chuvíscar, respondió a una doble necesidad, proteger a la ciudad de las avenidas torrenciales, y liberar espacios para el crecimiento urbano ordenado. Fue una obra de ingeniería que implicó decisiones técnicas complejas, y una lectura política profunda; la ciudad necesitaba seguridad hídrica y oportunidades para expandirse sin poner en riesgo a sus habitantes. La construcción de la presa Chihuahua, pieza central en su gestión hidráulica, fue una apuesta por garantizar agua potable, controlar avenidas, y por generar condiciones para la irrigación y el desarrollo rural. Estas obras, acompañadas por carreteras, puentes y centros escolares, respondieron a una filosofía clara: “Las inversiones públicas bien pensadas, multiplican oportunidades para las futuras generaciones”. Borunda hablaba de un “Chihuahua con mayores oportunidades para todos”, y se esforzó por ceñir cada proyecto a ese precepto. Sus discursos, salpicados de imágenes sencillas: “un niño con cuaderno en la sierra”, “una familia que ya no pierde la cosecha por falta de agua”, eran siempre llamados a la urgencia del trabajo colectivo.

Para Borunda, había momentos de tristeza que le dolieron como a cualquier hombre de carne y hueso. La violencia política de las primeras décadas del siglo XX, los atentados que golpearon a su familia, las tensiones con adversarios, y las críticas públicas, dejaron huellas que lo hicieron más cauteloso, pero también más resuelto. Hubo momentos en que la soledad del cargo lo enfrentó a decisiones difíciles, noches de insomnio, donde pensó en la gente, más que, en su propia reputación; supo, en carne propia, que la honestidad puede costar apoyos, y que, el empeño por la transparencia a veces resulta impopular entre quienes buscan atajos. Aun así, su carácter no cedió, frente a la adversidad optó por la perseverancia y por la convicción de que, el servicio público, debía permanecer al margen de ambiciones personales. Esa postura le valió admiradores y enemigos, elogios sinceros, y críticas feroces; pero, tal vez, ese costo fue lo que le permitió pasar a la historia como un gobernador que priorizó la obra útil, sobre el gesto espectacular.

Don Teófilo Borunda, se distinguía por una fuerza serena y una honestidad que, para muchos, resultaba innegociable. Era hombre de palabra, que entendía la política como responsabilidad, y la administraba con la lentitud y la precisión de quien sabe que las decisiones públicas, deben sostenerse en principios. Su vida tuvo episodios de enojo y de derrota, sí, pero también grandes satisfacciones al inaugurar una escuela en un pueblo olvidado, la sonrisa de niños que ya no cruzaban un arroyo peligroso para ir a clase, la puesta en marcha de una presa que salvaguardó cultivos y garantizó acceso al agua. Todas esas imágenes eran para él, razones suficientes para seguir luchando. En su trato, combinaba el hablar directo con la empatía; sabía escuchar, y muchas veces sus palabras humanas fueron las que reconciliaron conflictos difíciles. Despreciaba la hipocresía y celebraba la franqueza, y por ello, su liderazgo siempre tuvo un matiz moral evidente.

Su legado perdura más allá de la geografía, se percibe en la infraestructura tangible, y en algo más sutil, en la idea de la política como servicio. Las obras hidráulicas, escuelas y caminos, son evidencia material, pero la memoria ciudadana, conserva también la sensación de que hubo un gobernador que creyó en la equidad, y que trabajó para ampliar las posibilidades de los chihuahuenses. Al final de su vida, y aún después de su fallecimiento en 2001, su figura continuó siendo referencia para quienes piensan la gobernabilidad como un ejercicio honesto y comprometido. La historia de Borunda, no es la de un hombre perfecto —nadie lo es—; es la de un servidor público que, a pesar de las caídas, mantuvo la voluntad de transformar su Estado y dejar puertas abiertas a las nuevas generaciones. Si hoy caminamos por avenidas que llevan su huella, si los embalses siguen dando agua a familias que antes quedaron a merced del clima, si una escuela en la sierra recuerda su grito por la educación, es porque alguien decidió poner la política al servicio de la gente. Hoy su figura se lee en la cartografía de Chihuahua y en las historias cotidianas de sus pueblos; su vida, con sus triunfos y sus sombras, sigue invitando a la reflexión, el construir no sólo muros y presas, sino también oportunidades, confianza y futuro para todos los chihuahuenses.

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