Por: Oscar A. Viramontes Olivas
El sol de aquel 4 de octubre de 1908 no era un sol cualquiera en la muy ilustre y leal ciudad de Chihuahua, era un sol que brillaba con el barniz de la modernidad, un astro que parecía querer reflejarse en el acero nuevo de los rieles que, como venas de plata, comenzaban a surcar el rostro polvoriento de la capital. La ciudad, que hasta entonces despertaba con el cansado rítmico de los cascos de las mulas, se preparaba para escuchar, por primera vez, el zumbido eléctrico del progreso. Aquel día, el aire olía a ozono y a banquete oficial, a la madera de cerezo recién lustrada, y a ese perfume de época que mezclaba la manteca de las carretas con las fragancias francesas de las damas de alcurnia.

La gesta había comenzado meses atrás, cuando la “Compañía Eléctrica y de Ferrocarriles de Chihuahua” (CEFC), se organizó bajo el amparo de una paz porfiriana que parecía eterna; los nombres de los fundadores, resonaban en las tertulias del “Casino de Chihuahua” con el peso de los lingotes; hombres de visión y capital como Enrique C. Creel, quien no solo era el gobernador del Estado en ese momento, sino el arquitecto de un Chihuahua cosmopolita que miraba de frente a Europa y a los Estados Unidos. Don Enrique Creel, con su mirada aguda tras los quevedos, entendía que una capital sin tranvía eléctrico era una capital estancada en el siglo pasado. Junto a él, las autoridades locales, incluyendo al jefe político y al presidente municipal en turno, caminaban con el pecho inflado, sabiendo que estaban a punto de domar al rayo, para ponerlo al servicio del pueblo…o al menos, de aquel pueblo que pudiera pagar el pasaje.
La inauguración fue un poema de hierro y protocolo, se erigió un arco triunfal, una estructura efímera pero imponente dedicada al general don Porfirio Díaz, el gran patrón de la electrificación nacional; los periódicos de la época, como El Correo de Chihuahua y El Independiente, no escatimaron en adjetivos, sus páginas, amarillentas hoy, pero vibrantes entonces, hablaban de una “era de luz” y de cómo Chihuahua se ponía a la altura de las grandes urbes del mundo. “¡El monstruo de acero ha llegado!”, decían algunos, mientras otros describían con lujo de detalle la elegancia de los seis carros iniciales comprados a la “American Car Company”; eran máquinas prodigiosas, vehículos “convertibles” que, como por arte de magia, permitían subir sus paneles laterales hacia el techo, para que la brisa del desierto refrescará a los pasajeros en los tórridos veranos, transformándose en galeras abiertas donde el viento jugaba con los sombreros de ala ancha. Sin embargo, el camino hacia la gloria no estuvo exento de espinas técnicas. Los ingenieros, sudaron la gota gorda, tratando de nivelar las calles que por siglos, habían sido dominio de la irregularidad; hubo que lidiar con la dureza del suelo, y la desconfianza de algunos vecinos que temían que la electricidad, ese fluido invisible y misterioso, pudiera “quemarles la sangre” al pasar por sus puertas.
El costo de la obra fue colosal para la época, una inversión de miles de pesos que buscaba beneficiar al comercio, conectando las arterias vitales de la ciudad, pero más allá de los números, el beneficio era el tiempo, pues el tranvía, prometía devorar las distancias que antes tomaban una eternidad a paso de mula. Las rutas, eran el mapa del corazón chihuahuense; estaba la “Ruta de las Estaciones”, un puente de acero que unía el este y el oeste, desde la estación del Ferrocarril Central Mexicano, hasta la del Ferrocarril Chihuahua y Pacífico. Era la ruta del viajero, del hombre de negocios, del bullicio de la Plaza de Armas, donde los carros pasaban rozando las sombras de la Catedral, y luego estaba la “Ruta de los Santuarios”, un eje místico que corría de norte a sur, llevando a los fieles desde el humilde poblado de Nombre de Dios, hasta las puertas del Santuario de Guadalupe. El costo del pasaje, unos cuantos centavos, era el precio de la libertad de movimiento.
Las anécdotas florecieron como lilas en primavera, se cuenta de doña Carmela, una anciana que se santiguó la primera vez que escuchó el “Zin-Ting”, ese timbre metálico y alegre que anunciaba el avance del carro. “¡Es el timbre del diablo!”, decían algunos bromistas, pero pronto el sonido se convirtió en la música de la ciudad; los motoristas y conductores, eran los nuevos héroes urbanos, tenían prohibido, por decreto de la compañía y del buen gusto, operar sin su uniforme impecable: saco bien abotonado y corbata perfectamente anudada, incluso bajo el sol de plomo de mediodía. Eran los guardianes de la modernidad, y su elegancia, era el reflejo de una ciudad que se sentía orgullosa de sí misma. Un niño recordaría años después, cómo se colaba en los remolques Brill, aquellos que llegaron de Hidalgo del Parral cuando aquel sistema fracasó, sintiéndose el dueño del mundo mientras el aire le golpeaba la cara.
Pero la historia de Chihuahua, es una historia de contrastes y batallas, apenas dos años después de la inauguración (1908), el estruendo de los cañones de la Revolución Mexicana, comenzó a opacar el tintineo del tranvía, aunque parezca increíble, el sistema se negó a morir entre las balas. Pancho Villa y sus Dorados, vieron pasar los carros eléctricos, mientras entraban y salían de la ciudad. El tranvía se convirtió en un testigo silencioso de fusilamientos, de huelgas y de cambios de gobierno; los coches seguían corriendo, pero la infraestructura empezaba a dolerse; la falta de refacciones y el desgaste de la guerra fueron minando el ímpetu de la compañía.
La decadencia llegó sin hacer mucho ruido, disfrazada de crisis económica, pues para 1922, el mundo era otro, la posguerra y una fuerte recesión, golpearon las arcas de la compañía; los rieles, que antes brillaban, empezaron a cubrirse de óxido y olvido. El mantenimiento, se volvió un lujo imposible y, de pronto, los números rojos devoraron la esperanza. El cierre fue abrupto, una puñalada al corazón del transporte urbano, pues, en un abrir y cerrar de ojos, la Compañía Eléctrica y de Ferrocarriles de Chihuahua, cesó sus operaciones. Catorce años de gloria eléctrica se desvanecieron en el aire rancio de las oficinas de liquidación. Lo que siguió es uno de los misterios más melancólicos de la historia regional, ¿a dónde fueron los 24 coches que circulaban para dar servicio? En otras ciudades, los viejos tranvías se vendían, se convertían en cafeterías o se desguazaban a la vista de todos, en Chihuahua, simplemente se esfumaron, algunos dicen que fueron quemados para aprovechar el metal, otros que fueron enterrados en patios olvidados, y los más románticos, juran que en las noches de luna todavía se escuchaba el “Zin-Ting” cerca de la antigua estación.
La conclusión, es que todo esto representaba, una mezcla de nostalgia y resignación; los camiones urbanos, esos “monstruos de combustión” más ágiles, pero menos poéticos, ocuparían el lugar de los rieles. Hoy, cuando el turista se sube al “Trolebús” que recorre la calle Victoria u Ocampo, no está simplemente dando un paseo, está habitando un fantasma. Esos vehículos modernos que imitan la madera de cerezo de los Brill, son el eco de una promesa de grandeza que duró apenas un suspiro en la cronología de la ciudad. El tranvía de Chihuahua, no fue solo un transporte, fue el sueño de una generación que creyó que el acero y la electricidad, podían domesticar al desierto. Y aunque los rieles hayan desaparecido bajo el asfalto, la crónica de su inicio, su elegancia y su misteriosa desaparición sigue siendo el poema más eléctrico que la ciudad ha escrito jamás…Esta crónica continuará.




