Entre pólvora y campanas, el día que Chihuahua resistió y forjó su título de Ciudad Heroica (I)

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Por: Oscar A. Viramontes Olivas

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Chihuahua era cubierta aquella mañana con una atmósfera tensa, como si la ciudad entera hubiese despertado bajo el estruendo invisible de una batalla antigua que todavía no terminaba de apagarse. Las calles, aceleradas por el va y ven de la gente y por el ir y venir de los pasos urgentes, parecían arrastrar el peso de una memoria combativa, áspera y gloriosa, una memoria que no se conformaba con reposar en los libros, sino que reclamaba su sitio en la piedra, en el bronce y en la voz de quienes todavía sabían escuchar el eco de los hechos. En ese escenario urbano, vibrante y caótico, el cronista de la ciudad de Chihuahua, el profesor don Rubén Beltrán Acosta, aparecía como un centinela de la historia, un guardián de archivo y de conciencia, alguien que no hablaba simplemente del pasado, sino que parecía revivirlo con una intensidad casi bélica. En entrevista exclusiva para Crónicas Urbanas, su relato se alzaba como una marcha solemne y dramática sobre el suelo de la ciudad, y en cada palabra que pronunciaba, se percibía el temblor de una época que había dejado heridas, banderas, coraje y una campana rota como testigo silencioso de la resistencia.

27-03 CRONICAS URBANAS
Era el 25 de marzo de 1866, y esa fecha quedó tatuada en la memoria urbana como una fecha de fuego, una fecha de asalto, una fecha de victoria y de dolor / Foto: Cortesía / Crónicas Urbanas de Chihuahua

Según explicó, la propuesta para que Chihuahua fuera declarada “Ciudad Heroica” fue presentada ante la Comisión Nacional de Ciudades Heroicas, como un reconocimiento merecido a una población que, en los momentos más decisivos, había sabido defender la soberanía de la patria con el temple de una plaza sitiada, y el corazón de una tropa que no se rinde. El requisito, recordó, era claro y severo, debía tratarse de un lugar donde sus habitantes habrían de haber participado en eventos importantes de defensa nacional, en jornadas de riesgo, de fuego, de resistencia estratégica y de combate moral. Y Chihuahua, insistía el cronista, tenía en su haber al menos dos momentos decisivos, dos páginas encendidas de historia que la convertían en territorio heroico, no por la retórica fácil de la gloria, sino por la sangre, el valor y la obstinación con que sus hombres y mujeres se enfrentaron a las fuerzas invasoras.

El primero de esos momentos se remontaba a 1847, cuando la intervención norteamericana estremeció la nación, y dejó ver la fragilidad de un país obligado a defenderse entre ruinas, caminos polvorientos y decisiones desesperadas; el segundo, más próximo a la memoria viva de Chihuahua, ocurrió cuando don Benito Juárez permanecía en la región y los franceses, con su paso imperial y su disciplina de ocupación, tomaron la ciudad, colocaron autoridades afines y se marcharon, sólo para regresar después como una sombra amenazante, como una ofensiva que parecía no extinguirse nunca. Juárez, permaneció cerca de seis meses en Ciudad Juárez, pero tuvo que regresar cuando los franceses abandonaron el territorio; sin embargo, al llegar a Chihuahua, recibió la noticia inquietante de que los invasores volvían a acercarse, y entonces la historia adquirió el ritmo de una retirada estratégica, de un repliegue necesario, de una marcha expectante en la que la patria parecía retroceder para poder sobrevivir. Don Benito Juárez, se vio obligado a trasladarse de nuevo al Paso del Norte, mientras en Chihuahua, el gobernador don Luis Terrazas, quien había estado junto con el presidente en Ciudad Juárez y con quien, en un momento decisivo, acordó el plan para recuperar la ciudad tomada por las fuerzas leales a los franceses. A partir de entonces, el relato adquirió la densidad de una crónica de guerra, don Luis Terrazas vino hacia Chihuahua, pero antes llegó al Carrizal, donde reunió a un grupo de hombres dispuestos al sacrificio; después, avanzó hasta Aldama e incorporó más voluntades a la causa republicana, hasta formar una columna de patriotas endurecidos por la convicción. Ya con esos contingentes y conociendo la actitud de un Chihuahua patriota, los republicanos entraron a la ciudad por el rumbo del Cerro Grande, como quien penetra una fortaleza enemiga, sabiendo que cada esquina podía ocultar una emboscada, cada calle una descarga, cada azotea una respuesta.

Allí los esperaban las fuerzas leales a los franceses, atrincheradas, tensas, defendiendo el corazón urbano con la seguridad aparente de quien confía en sus muros, aunque en el fondo ya presentía la fractura. Así, el cuartel general de los franceses, se encontraba en lo que había sido el Colegio Jesuita, actual Palacio de Gobierno y Casa Chihuahua, en ese tramo de la Libertad donde la ciudad, por momentos, parecía respirar un aire de pólvora y de historia suspendida, los republicanos de don Benito Juárez, con una audacia casi subterránea, fueron horadando los muros de las casas, excavándolas, abriendo túneles como si cavaran su propio destino bajo tierra, mientras la ciudad, arriba, seguía funcionando con una normalidad engañosa, con el rumor del mercado, el eco de los cascos y el murmullo de una población que vivía entre el miedo y la esperanza. Aquellos túneles avanzaban como arterias de una ofensiva silenciosa, como venas de una resistencia clandestina, hasta llegar a los leales de los franceses y vencerlos en combate.

Muchos se entregaron, otros resistieron apenas lo suficiente para que la derrota se volviera inevitable, pero aún quedaba un reducto feroz en la Torre de Catedral, del lado izquierdo, junto a la campana mayor, donde un grupo seguía disparando con desesperación y orgullo. Y fue entonces cuando la historia tocó su punto más dramático, su instante más anguloso y memorable, porque los republicanos comprendieron que, para alcanzar el triunfo definitivo contra los invasores, era necesario acabar con aquel último foco de resistencia; la artillería, estaba a cargo de un militar veracruzano, Platón Sánchez, y sus tropas se hallaban establecidas en el Parque Lerdo, donde hoy se levanta la estatua de Bolívar, observando desde allí la silueta de Catedral como se observa una fortaleza enemiga bajo asedio. Sabían de antemano que los leales de los franceses, desde la torre, estaban matando a los republicanos, y aun así, el dilema moral pesaba con fuerza sobre los combatientes; eran hombres de fe católica, hombres formados frente al templo, y no querían disparar contra Catedral.

El conflicto entre la devoción y la necesidad militar, convertía aquel momento en una escena casi trágica, en un combate interior donde el deber de guerra chocaba con la reverencia religiosa, pero llegó el instante en que el alto mando ordenó al jefe de artillería, Platón Sánchez, que se disparara un cañonazo contra Catedral. Era el 25 de marzo de 1866, y esa fecha quedó tatuada en la memoria urbana como una fecha de fuego, una fecha de asalto, una fecha de victoria y de dolor. Platón Sánchez ordenó a Brígido Chavira que, lanzara el cañonazo, cargaron una bola de ocho kilos y dispararon contra Catedral con la precisión brutal, de quien sabe que el desenlace dependerá de un solo impacto. La granada no golpeó precisamente el cuerpo de la iglesia, sino que entró por un espacio de la torre izquierda, justo donde se encontraba la campana mayor, y el resultado fue tan inesperado como estremecedor, el proyectil arrancó un pedazo, casi una cuarta parte de la campana, como si la bala de metal hubiera mordido la historia misma. El profe Beltrán, lo narraba con una mezcla de asombro y conmoción, como si aún pudiera verse el polvo levantado, el caos en la torre, el sobresalto de los hombres, el grito seco, la caída súbita del ánimo invasor

Imagínese, decía en esencia su testimonio, a los que estaban arriba, muy contentos, disparando sus armas, creyéndose protegidos por la altura y el prestigio de la torre, y de pronto sentir el zarpazo del cañonazo, el golpe en la campana, el retumbar que no sólo destruyó metal, sino que quebró la confianza de los sitiados…Esta crónica continuará.

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