Por: Oscar A. Viramontes Olivas
CHIHUAHUA CHIH.- Corría el mes de septiembre del lejano 1937, cuando en la tranquila ciudad de Chihuahua se registraría un evento que causaría tremendo “revuelo” en la población, además del estado y la República Mexicana. Sí, aunque usted no lo crea, y a pesar que, en la actualidad, la fuga de reos en las cárceles en México es tan cotidiano y tan normal para todos, en aquel año del final de la década de los treinta del siglo pasado, un acontecimiento lamentable hizo temblar a la sociedad de aquellos tiempos, tomándose en cuenta que se vivía en franca paz, sin problemas mayores que resolver; algunos eran del orden doméstico, y otros económicos. Por tanto, nuestra crónica se desarrolla en un contexto del Chihuahua semi rural, y lo más duro de esto, fue para los que estaban dentro del penal más emblemático de esta ciudad, quienes vivieron el infierno desatado al interior de la Penitenciaría del Estado de Chihuahua.
Eran las 10 de la mañana, y el ambiente turbio se estaba gestando en la Crujía 4; era un plan para tratar de fugarse de la peni, el autor, sería un individuo al que apodaban “El Nico”, un tipo con un sinnúmero de tatuajes y antecedentes criminales que, lo hacían notar dentro del grupo de reos. Con el tiempo, había conseguido una fama impresionante por la valentía demostrada en las constantes peleas dentro del penal. Todos le rendían pleitesía, y pobre de aquel que se opusiera a sus exigencias, pues algunos comentaban que aquellos que no se alineaban con él, eran torturados por sus incondicionales. Los que estaban fraguando el macabro plan, eran tres, y tenían como apodos: el Feo, el Negro y el Carroñas. Ellos, se trasladarían con su jefe, para revisar el plan a seguir: “Miren batos -decía Nico-, es importante que todos empecemos a presionar con los compañeros, para hacer un ¡“pin…”! escándalo el día de la fuga.
Es importante que identifiquemos a los “rajones” para darles en la “¡ma…!” No podemos dejar pasar este momento estando en continua comunicación con el “Rulo” que, es el custodio del lado norte para que nos haga el “paro”. Miren aquí, les muestro el plan, espero que lo estudien muy bien para que no vayan a fallar. La tenemos hecha ¡Ese!, van a ver que todos nos la van a “pe….”. Así concluía el despiadado Nico con parte de su plan desde su celda 4. Un rumor se extendería sobre las tinieblas de la noche de que iba a ver una fuga. El plan se había empezado a gestar un mes atrás, por lo que, el director de la penitenciaría Fernando Velásquez, había logrado enterarse que algunos reos peligrosos que estaban purgando largas condenas en la Crujía 4 destinada a criminales empedernidos, trataban de realizar una escapatoria y así, se había hecho circular entre sus compañeros de reclusión quienes aseguraron que no tenían por qué evadirse por la puerta principal.
Con estos antecedentes y no obstante la extremada vigilancia que se observaba desde esa fecha, se ordenaría redoblar la vigilancia en previsión de cualquier intento de fuga, pues se sabía que quienes amenazaban con escaparse, eran individuos decididos a cometer cualquier acto violento con tal, de lograr su evasión. Ya cuando el calendario señalaba el 3 de septiembre de 1937, uno de los reos de la crujía infernal, el tremendo “Mantecas”, pediría hablar con el director del penal, a quien, le informaría de la posible fuga, aprovechándose de la continua apertura de la puerta principal para dar acceso al camión que se dedicaba a descargar leña. Aun cuando sin señalar nombres, pues solamente había escuchado de algunos de ellos ponerse de acuerdo para intentar la fuga en el momento más oportuno: “Si mí jefe, estoy seguro, y espero que esto me lo tome en cuenta”, decía el soplón “Mantecas”. Debido a esta denuncia, Velásquez, ya para salir a su domicilio a la hora de la comida, daría instrucciones precisas al jefe de celadores, Antonio Chavira, en el sentido de que, la citada puerta no se abriera ya más, hasta en tanto regresará.
Así se hizo, apostándose el celador Carlos Díaz Venegas frente a la puerta de la Crujía 4, la cual, se hallaba abierta en vista de que, los reclusos estaban en el comedor tomando sus alimentos, y al terminar, se les ordenaría regresar a sus celdas. Después de unas horas de tensión entre el personal de la peni, cuando el reloj señalaba las 14:00 horas, el celador José Gómez, daba los toques de campana que estaba situada en el centro del patio, y que anunciaba que todos los reclusos debían entrar a sus celdas. Ya con la totalidad de ellos en el citado patio, cuatro individuos que se dirigían a la citada crujía, entre ellos el Nico, avanzaron amenazadoramente donde se encontraba Díaz Venegas, llevando “El Carroñas” una pistola en la mano, y a pesar de la rapidez con que obró el pobre Venegas para someter al orden a los citados reos, Carroñas, sentenciado a 20 años de prisión por homicidio, dispararía sobre el desafortunado celador, causándole una herida a la altura del maxilar inferior, que penetró por el lado derecho con orificio de salida por la parte superior del pómulo izquierdo.
Díaz Velásquez, cayó al piso en un mar de sangre, y aprovechando la confusión, el Nico y sus cómplices corrieron hacia la puerta del departamento de guardia donde estaba Antonio Chavaría, jefe de celadores, quien, al escuchar el disparo, abrió la puerta en los precisos momentos en que, se arrojaban sobre él los cuatro reos que habían tramado el complot: “¡Sobre el cab… que esto está bien mal” decía el Nico! La confusión llegó a todo el penal, el Feo, sentenciado a doce años por abigeato, ayudaba al Nico para someter a Chavira, llevando pistola en mano, pero éste, inmediatamente dispararía su arma sobre él, dándole un balazo en la cabeza. Moribundo el Feo, alcanzó a apoyarse en un banco de cemento que se hallaba dentro del patio de las crujías, donde a los pocos momentos moría sin alcanzar a disparar el arma que traía en la mano, un calibre 44, la cual, dejó caer en el dintel de la puerta. Al momento, se empieza a escuchar un tiroteo, y los reos, Eduardo Peña Loya, Nazario Gardea, y Tomás Reyes, condenados por homicidio, lograrían pasar el dintel de la puerta del cuerpo de guardia, puesto que todo sucedería en segundos, y lanzándose sobre Chavira, único celador en esos momentos a quien Peña Loya, dispararía su pistola, dándole tres balazos en el tórax dejándolo muy grave. Sin embargo, Chavira lograría detener a Peña Loya entre sus brazos, hasta que llegó Víctor Mendoza, otro celador quien, auxilió a su compañero, disparando su pistola sobre el reo, dejándolo moribundo.
Los que lograron huir, correrían por la avenida 20 de Noviembre hacia la 26ª, subiendo hasta la 30ª por donde bajaron, perdiéndose de la vista de Mendoza que los perseguía sin darles alcance, los prófugos iban también armados. A la escena, llegaría Ludovico Noriega, jefe del departamento de tráfico, quien vivía cerca de los hechos, y quien optó por avisar a la policía, llegando inmediatamente el inspector Alfredo Chávez, dictando órdenes necesarias para restablecer la calma. La situación estaba de “pelos” y el llorar de las patrullas se escuchaba por toda la ciudad, y la gente se escondía en sus casas atemorizadas por los hechos. “¡Extra, extra, macabra fuga en la Peniiii!” Así la población escéptica se daba cuenta de los hechos, y poco a poco llegaría la seguridad en medio de un verdadero caos. De este macabro hecho, se habló mucho durante semanas por la población chihuahuense como un hecho que nunca se olvidaría. ¡Nunca! Fuga de Reos en el Penal de Chihuahua (1937), forma parte de los archivos perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos.
FUENTES:
Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas (2014).
Hemeroteca del CIDECh





