Por Oscar A. Viramontes Olivas
CHIHUAHUA CHIH.- El 10 de mayo de 1990 amaneció distinto en Chihuahua, no era únicamente la luz intensa del desierto extendiéndose sobre la ciudad, sino una sensación colectiva difícil de explicar, como si desde antes del alba todos supieran que estaban a punto de vivir un momento irrepetible. Desde la noche anterior, miles de personas comenzaron a reunirse en los “Campos Limas”, familias enteras llegaron con cobijas, termos de café, sombreros, rosarios y alimentos sencillos para resistir las largas horas de espera, muchos, durmieron sobre la tierra fría, entre rezos, conversaciones apagadas y el murmullo constante de una multitud que apenas podía contener la emoción.
Era “Día de las Madres” y aquella coincidencia, le otorgaba a la jornada un significado todavía más profundo; la visita de Juan Pablo II, no se percibía únicamente como la llegada del líder de la Iglesia católica, para miles de chihuahuenses, representaba la presencia de un hombre que inspiraba consuelo, esperanza y cercanía espiritual. Desde temprano, la ciudad dejó de parecerse a sí misma; las calles se llenaron de autobuses, camionetas y peregrinos que caminaban kilómetros bajo el sol con tal de presenciar, aunque fuera por unos segundos, el paso del pontífice; el aeropuerto Roberto Fierro, se convertiría en el primer escenario de aquella mañana histórica. A las 9:45, el avión procedente de Durango tocaría tierra y el silencio expectante se transformaría en un estallido de aplausos, lágrimas y gritos, ya que, cuando Juan Pablo II apareció en la escalinata, el tiempo pareció detenerse. Su figura lucía cansada; el peso de los años y la enfermedad, se reflejaban en su caminar lento, sin embargo, había en él una energía espiritual imposible de ignorar. Entonces ocurrió el gesto que estremeció a todos: el Papa se inclinó y besó el suelo chihuahuense.
La multitud reaccionó con una intensidad desbordada, algunos lloraban, otros levantaban rosarios o fotografías, mientras miles de voces comenzaban a repetir una frase que terminaría marcando para siempre aquella visita: “¡Papa amigo, Chihuahua está contigo!”, no era solamente una consigna, era el desahogo emocional de un pueblo que sentía al pontífice como alguien cercano, casi familiar. Poco después, iniciaría el recorrido hacia los Campos Limas, trayecto de aproximadamente doce kilómetros, que se convertiría en una auténtica procesión humana; en ambos lados del camino, la multitud se apretaba detrás de vallas improvisadas; niños sobre los hombros de sus padres agitaban pequeñas banderas blancas y amarillas; ancianos, sostenían pañuelos con manos temblorosas; mujeres, extendían los brazos buscando una bendición fugaz. Ahí, el papamóvil avanzaba lentamente entre aquel océano de rostros emocionados; Juan Pablo II sonreía, levantaba la mano, bendecía niños y se inclinaba hacia quienes lograban acercarse; cada gesto parecía multiplicar el fervor colectivo, mientras el calor comenzaba a ser sofocante, el polvo se levantaba con el viento, y las brigadas médicas atendían a personas agotadas, pero nadie quería abandonar su lugar. La espera, el cansancio y el sol abrasador, parecían insignificantes frente a la posibilidad de ver al Papa y cuando finalmente llegó a los Campos Limas, el panorama era imponente y ante él, se extendía una multitud inmensa que parecía no tener final; se hablaba de cientos de miles de asistentes, bajo el cielo ardiente del norte, Chihuahua se había transformado en un santuario al aire libre.
La ceremonia comenzó cerca de las 10:50 de la mañana; el contraste fue impactante y después del bullicio y los gritos, un silencio reverente se extendió sobre el lugar mientras iniciaban las primeras palabras litúrgicas. Juan Pablo II, dirigiría su mensaje a las familias, especialmente a las madres mexicanas, en una fecha cargada de simbolismo y con voz pausada y firme, habló sobre la dignidad de la maternidad, la importancia del hogar y la responsabilidad de educar a los hijos con valores y fe. Sus palabras parecían atravesar a la multitud de manera íntima, como si no hablara ante cientos de miles de personas, sino directamente a cada familia presente; muchas mujeres, lloraban mientras escuchaban el mensaje; algunas sostenían a sus hijos pequeños entre los brazos, otras, miraban al altar con una mezcla de orgullo y emoción silenciosa. El Papa no pronunciaba un discurso distante o protocolario, pues hablaba con cercanía, comprendiendo el peso cotidiano de la maternidad, las dificultades económicas, el esfuerzo de las familias, y la incertidumbre social que atravesaba el país.
Entonces ocurrió uno de los momentos más recordados de aquella jornada, y desde distintos puntos de la multitud, comenzó a escucharse nuevamente el grito: “¡Papa amigo, Chihuahua está contigo!”. Esta vez el clamor fue ensordecedor, casi volcánico y por un instante, la ceremonia pareció detenerse. Juan Pablo II sonrió y respondió con afecto: “¡Chihuahua amigo, el Papa está contigo!”. La reacción fue inmediata, y el lugar entero estalló en aplausos, lágrimas y porras; muchos describieron aquel instante como una descarga emocional imposible de explicar, pues, la distancia entre el líder religioso y la multitud, desapareció por completo. No era solamente el Papa frente a un pueblo, era un encuentro profundamente humano entre un hombre agotado físicamente, y una multitud que lo sostenía con su cariño. La intensidad de la jornada aumentó todavía más con un hecho inesperado y en medio de la multitud, una mujer embarazada comenzó a sentir dolores de parto y mientras el Papa hablaba sobre la familia y la vida, brigadistas improvisaban un espacio para asistirla entre la gente. Minutos después nació un bebé.
La noticia se propagó rápidamente entre los asistentes y el episodio adquirió un significado casi simbólico, muchos, lo interpretaron como una señal providencial, mientras el pontífice hablaba de esperanza y maternidad, una nueva vida llegaba al mundo en medio de aquella concentración multitudinaria. Sin embargo, el calor alcanzaba casi los cuarenta grados centígrados, había personas deshidratadas, niños agotados y voluntarios repartiendo agua sin descanso, así, el cansancio parecía desaparecer frente a la fuerza emocional del momento. Extraños compartían sombra, ayudaban a levantarse unos a otros, y ofrecían agua a quienes más lo necesitaban, así, la fe se había convertido en una experiencia colectiva y con el paso de las horas, comenzó a sentirse la cercanía de la despedida. El cansancio físico del Papa era evidente, pero también lo era su voluntad de permanecer cercano hasta el último instante. Antes de partir, volvió a dirigirse a la multitud con palabras que quedaron grabadas en la memoria de Chihuahua.
La gente respondió con un último estallido de emoción, miles de manos se levantaron intentando retener por unos segundos más aquel instante irrepetible, muchos, lloraban abiertamente, otros, permanecían en silencio, conscientes de que estaban viviendo algo que contarían durante el resto de sus vidas y finalmente, Juan Pablo II regresó al aeropuerto Roberto Fierro para continuar su gira hacia Monterrey. Su estancia en Chihuahua apenas duró unas horas, pero la intensidad emocional de la jornada hizo que pareciera mucho más larga. Cuando la multitud comenzó a dispersarse, la ciudad ya no era la misma, quedaban las calles cubiertas de polvo, las mantas abandonadas, el eco de los cantos y el cansancio acumulado después de una jornada agotadora, pero también, quedaba algo más profundo, la sensación de haber compartido un momento histórico que trascendía lo religioso; por último, a más de tres décadas de distancia, el 10 de mayo de 1990 continúa brillando en la memoria colectiva de la ciudad como una fecha profundamente emotiva. No solo fue el Día de las Madres, fue también el día en que Chihuahua se reunió para recibir a un hombre que, por unas horas, logró unir a toda una ciudad en un mismo sentimiento de fe, esperanza y emoción compartida.



