Miguel Ahumada: Arquitecto del Orden y la Modernidad en Chihuahua

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Por: Oscar A. Viramontes Olivas

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Nació en la bruma costera de Colima, el 29 de septiembre de 1845, en una casa sencilla donde el rumor del mar y el oficio humilde de la gente marcaban los días. Miguel Ahumada Sauceda, llegó al mundo en la fragua de un México convulso; su cuna, fue la modestia y sus primeros años, la transmisión de una disciplina de trabajo, más que, de nombres resonantes, los archivos le asignan un linaje de origen modesto, sin grandes apellidos que ostentar, y de sus padres, sólo queda la huella de la tierra que los sostuvo, no tanto la memoria de sus nombres. Ese anonimato familiar sería, quizá, la primera escuela de su temple en aprender a ser hombre, sin redes de la fortuna, aprendiendo a edificar su propia historia con mano de obra y voluntad.

En Chihuahua escribió los capítulos más resonantes de su vida pública. Llegó al gobierno del Estado en 1892, y desde entonces, su sigla sería el progreso con mano dura, modernidad con disciplina. Gobernó la entidad en un tiempo que exigía tanto la represión de la revuelta, como la construcción de instituciones. Su nombre quedó ligado a la escuela, al hospital, al teatro; su gesto, al trazo de calles, al arreglo de drenajes, al tendido de redes que la ciudad necesitaba para dejar la aspereza del polvo colonial, y entrar en la elegancia organizada del porfiriato. Fue gobernador por largo periodo, los años noventa del siglo XIX y el umbral del XX, y en su administración, buscó asentar lo público sobre la piedra de la técnica.

07-11 CRONICAS URBANAS

Miguel Ahumada Sauceda, exgobernador y transformador del estado de Chihuahua. / Foto: Cortesía / Crónicas Urbanas de Chihuahua

La ciudad de Chihuahua, entonces, lo vio inaugurar escuelas que eran mucho más que edificios, eran promesas. El 14 de septiembre de 1895, abrió la Escuela Industrial para Señoritas, una iniciativa que, en su tiempo, sonó a audacia, por formar a jóvenes en oficios técnicos, que no era gesto menor. Ahumada entendía que la educación de las mujeres multiplicaba el bien público, por eso colocó recursos y ceremonias en esos muros donde se forjarían manos habilidosas y mentes prácticas. Más tarde, el 16 de septiembre de 1897, inauguró la Escuela de Artes y Oficios, un taller de esperanza donde se enseñaba, desde carpintería hasta herrería; allí, se formaron hombres y mujeres que harían palpitar la industria regional. Su política educativa, no fue retórica, fue presupuesto, edificios y cuerpos docentes que dieron clases con tiza y sudor.

El hospital, también, fue su obra de humanidad tangible, en 1897, se consolidó lo que se llamaría el Hospital Porfirio Díaz, institución que significó un avance para la medicina pública local. Ahumada lo vio como un deber social, la salud no podía quedar en manos solo de los bien dotados; hacer hospitales era, a su juicio, una forma de justicia, y así, entre quirófanos y salas, su nombre quedó adherido a la idea de cuidar vidas. La cultura no le fue ajena, impulsando la construcción del Teatro de los Héroes, ese recinto que, en los albores del siglo XX, concentró plateas y expectativas, óperas y conferencias, funciones solemnes que acercaban a Chihuahua a los circuitos culturales nacionales; el teatro, inaugurado en los años de su mandato, fue más que un inmueble, representó el deseo de la provincia de asemejarse a las capitales, de que la música, la escena y el debate, subieran por fin desde las plazas hasta los auditorios, aquella sala era la prueba de que el progreso abrazaba también la sensibilidad.

Pero el progreso tiene, en su costado, la sombra del autoritarismo, Ahumada, militar formado en campaña, no vaciló ante la violencia cuando creyó necesaria su aplicación, reprimiendo sublevaciones, enfrentó revueltas en Tomóchi y otros parajes; la pacificación, para él, exigía a veces mano firme, sus detractores, hablaron de rigor excesivo; sus partidarios, de firmeza imprescindible. Esa tensión entre orden y libertad atraviesa la memoria histórica de su gobierno, por un lado, hospitales y escuelas, por otro, la represión que la lógica estatal del fin del siglo XIX justificaba como salvaguarda del orden público, sin embargo, para1903, el trayecto de su poder giró al poniente, tomando la gubernatura de Jalisco. En Guadalajara, continuó su empeño por la modernidad, limpió calles, apoyó la educación rural y mantuvo el paso honesto del administrador que había aprendido a gobernar con calendario y plan. Pero los vientos nacionales cambiaban, la Revolución estaba en ciernes, y los muelles del porfiriato, comenzaron a resquebrajarse ante la marea de demandas sociales que venía de la tierra y de la ciudad.

Ahumada vivió ese momento de ruptura con la serenidad de quien ha servido de forma casi sacerdotal al régimen que conoce; sin embargo, la política es escuela de lo imprevisible. En 1911, con el estallido revolucionario, los tiempos cambiaron, y la figura del viejo gobernante quedó al margen. Eligió el retiro de la confrontación, y con la dignidad de los hombres que no buscan la confrontación inútil, se exilió, como muchos otros de su generación, en El Paso, Texas. Allí, lejos de los salones donde había tomado decisiones y cortado cintas, vivió sus últimos años en la frontera, frontera de tierra y tiempo, de recuerdos y ausencias. Así mismo, el 27 de agosto de 1916, Miguel Ahumada Sauceda, moriría repentinamente en El Paso víctima de una embolia cerebral. Fue un cierre abrupto para quien había sido toda su vida, constructor de orden; la noticia viajada en telegramas llegaba a las plazas con el mismo ruido que traen las lluvias en los tejados, sorpresiva y definitiva.

Meses y años después, su cuerpo fue repatriado, y en 1943 sus restos recibieron la sepultura última en el Panteón de Dolores de Chihuahua, donde hoy reposan entre cipreses y silencio, como si la ciudad quisiera reconciliar su memoria con el cuerpo de quien la ayudó a erigir. La crónica de Miguel Ahumada, no se reduce a fechas ni a placas conmemorativas, es la historia de un hombre que supo conjugar la espada y la pluma administrativa, la rudeza de las marchas con la delicadeza de las aulas; es la de un gobernante que, creyó en la gloria de lo público, y en la necesidad de la disciplina. Sus obras, escuelas, hospitales, teatros perduran como dientes de luz en la trama urbana; sus decisiones duras perduran también, tejidas en los relatos de familias que sufrieron la represión. En ese entrevero de luces y sombras reside la complejidad de su figura.

Si hoy se recorre la ciudad que él ayudó a moldear, se percibe su aliento en las fachadas que miran al sol y en las calles donde los niños corren hacia la escuela. Ahí vive su huella, en la educación técnica que abrió oportunidades, en los hospitales que curaron cuerpos, en el teatro que hizo vibrar las noches y la potabilizadora de agua, construida para que los chihuahuenses tuvieran agua limpia. Y en los días en que la memoria reclama claridad, algunos lo ven con los ojos de la historia benigna, reformador, educador, hombre del orden. Otros, con la mirada crítica, como figura porfirista, severa, enviada por una era que a la postre dejó heridas. Ambas lecturas conviven, como la luz y la sombra en un mismo paisaje. Así se cierra la página de su biografía, Miguel Ahumada Sauceda, nacido en Colima el 29 de septiembre de 1845, militar, masón, gobernador reformador, exiliado y muerto en El Paso el 27 de agosto de 1916; hombre de escuela, de hospital y de teatro; hombre que creyó en la modernidad y la forjó con manos de hierro y corazón de funcionario. La ciudad que él ayudó a pensar lo sigue recordando, con gratitud y con el escrutinio paciente de la historia. En sus aulas y en sus salas, en sus hospitales y en sus calles, pervive la pregunta que toda memoria plantea: ¿qué peso tuvo su mano en la construcción del bien común? El tiempo, como siempre, sigue dictando la respuesta.

Miguel Ahumada: Arquitecto del Orden y la Modernidad en Chihuahua, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua. Si usted desea adquirir los libros sobre Crónicas Urbanas, adquiéralo en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111).

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