Por: Oscar A. Viramontes Olivas
El general Rodrigo M. Quevedo Moreno, nacería en la estela del desierto y la sierra, entre los vientos secos de Casas Grandes el 12 de enero de 1889, y desde entonces su vida pareció escrita con la tinta áspera de la frontera; sangre de rancho, nervio militar y un destino marcado por la lucha permanente. Hijo de don José Quevedo Reyes y doña Susana Moreno Ortiz, crecería en un pueblo donde la geografía imponía carácter y la historia pedía decisión; no fue un muchacho que permaneciera en las labores del campo, su inquietud política y las armas lo buscaron temprano, y él respondió. Su formación, como la de tantos hombres de su tiempo, fue una mezcla de aprendizaje en la práctica y estudios intermitentes.
No era un académico en el sentido solemne, su escuela fue el batallar, su lección, la marcha y el mando, donde emprendería un recorrido militar que le permitió ascender entre las filas, curtirse en campañas y en comités; aprender la dureza del movimiento revolucionario y las sutilezas de la política posrevolucionaria. Aquella disciplina forjada en las trincheras y en las comandancias, lo acercó a la cúspide del poder regional, llegando a ser general de división, figurando en los círculos donde se decidían destinos y, finalmente, alcanzaría la gubernatura de Chihuahua en 1932, un puesto que lo colocó en el vértice del poder estatal. Sin embargo, existe en la figura del general Quevedo, algo de la épica de frontera, militar que aprende a negociar con hacendados, a ordenar con mano firme y a pactar en los salones, donde el caudillismo todavía se vestía de galón (grado).

Sus batallas no siempre fueron sólo en el campo de los fusiles, muchas se libraron en despachos, con firmas y sellos, con nombres que pesaban más por su influencia, que por su valentía. Fue un tiempo en el que el poder se administraba como latifundio, cuotas, lealtades, clientelas que se enlazaban por sangre y por intereses. Quevedo supo moverse en ese tablero, ganando alianzas, cosechando apoyos y, por momentos, pareció imbatible. Sin embargo, las victorias se pagan en esta vida, en el seno del poder provincial, se cocinaban rivalidades soterradas. La historia del llamado “quevedismo” no es sólo la del hombre que gobernó, es la época en que su nombre marcó un estilo de hacer política en Chihuahua, con sus claros y sus sombras, con una mezcla de obras públicas y autoritarismo que dejó huella. Hubo quienes lo vieron como el salvador del orden; otros, como el símbolo de un poder que no titubeaba ante medidas drásticas para sostenerse. El relato local lo recuerda con ambivalencia, hay placas y salones que llevan su nombre, y hay relatos en los que su mano firme se vuelve coercitiva.
En las decisiones de gobierno, afloraron sus convicciones, centralizar, disciplinar, modernizar en la medida de lo posible. Obró con una ambición por consolidar un aparato administrativo que respondiera a la cohesión del Estado y su gestión, dejando huellas materiales y simbólicas. Pero donde hubo triunfo, también se construyó la resistencia. Políticos rivales, grupos emergentes y nuevas corrientes dentro del mismo partido, empezaron a desafiar la hegemonía que Quevedo encarnaba. La política, que en épocas anteriores se resolvía con pactos a puerta cerrada, fue entrando en un ciclo de confrontación que sacudió al Estado. El conflicto entre bandos, no fue ajeno a la violencia, pues en el contexto chihuahuense de los años treinta y siguientes, los conflictos políticos a menudo derivaban en episodios amargos, amenazas, despojos, órdenes de aprehensión y, en algunos casos, enfrentamientos armados locales. El caso del senador Ángel Posada, cuyo homicidio —y su relación con las tensiones entre facciones locales— quedaría marcado en la memoria de la región, ejemplifica la gravedad de esos choques, el enfrentamiento entre el quevedismo y sus adversarios, se expresó no sólo en urnas y decretos, sino en pasillos y vestíbulos donde la sangre trazó un límite doloroso. Quevedo, cuyo liderazgo era inexorable, fue a menudo señalado por la intensidad de su confrontación con quienes consideraba usurpadores o traidores al orden que pretendía preservar.
Era inevitable que, en ese escenario, el general experimentara sinsabores. Gobernar en un Estado que alteraba su calma aparente, exigía sacrificios y enemigos, la caída de allegados, el desgaste de los apoyos y la alternancia en las lealtades, obligaron a Quevedo a ejercer con más astucia que fuerza a ratos, a pactar a veces lo irreconciliable para sostener un equilibrio que a los ojos de muchos resultaba forzado. Tuvo, como todo gobernante, momentos de coraje y de soledad. La política le mostró su costado áspero, aliados que se volteaban, aspirantes a la sucesión que no aceptaban su sombra, voces que querían remover los cimientos sobre los que él había edificado su influencia. Pero su carrera no fue sólo disputa y mando, también hubo gestos de gobierno que pretendieron modernizar la entidad. Proyectos de infraestructura, intentos de reorganización administrativa, y políticas que buscaban afianzar la red carretera y productiva de Chihuahua formaron parte de su sello, en cambio, en la sombra de sus órdenes, estaba el afán por construir un Estado fuerte, con capacidad de imponer orden y promover inversiones. Su administración, para sus partidarios, fue un periodo de disciplina y progreso, para sus detractores, una etapa de concentración y clientelismo.
Las batallas, en la naturaleza de Quevedo, tuvieron también un componente personal, una voluntad de hierro que se templó en la contienda revolucionaria y que, ya en el gobierno, exigió obediencia y sujeción. No fue hombre que tolerara la insubordinación en sus cercanías, esa característica le granjeó tanto respeto como resentimiento, pues, gobernar con mano dura, le ganó cenobios de admiradores y reticencias profundas en sectores que veían en su estilo reminiscencias del pasado autoritario que la Revolución decía haber superado. Y allí, en el cruce entre la política y la sociedad, asomó otro conflicto, el choque con la Iglesia católica. No fue un enfrentamiento teológico ni un cisma doctrinal, fue un choque de influencias, en un Estado donde la fe arraigada en la población, jugaba un papel central en la legitimación social, ya que, el poder eclesiástico y el civil, debían recoger sus parcelas de influencia. Quevedo, que gobernaba por mandatos claros y por una concepción de orden, tuvo que medirse con los pastores y curas que reclamaban por justicia social o que, no aceptaban la manipulación de las instituciones a favor de intereses particulares. La relación fue, por ende, tensa, en ocasiones de cooperación pragmática, en otras, de reprimenda pública.

La Iglesia con sus propias dinámicas internas, no era monolítica, había pastores cercanos a los reclamos sociales, y otros más, partidarios de la estabilidad y el status quo. En ese tablero, Quevedo tuvo sus roces con figuras eclesiásticas que exigían respeto a derechos, que denunciaban atropellos, y que, en algunos casos, se atrevieron a cuestionar públicamente al gobernador. Esa fricción se tradujo en episodios donde la tensión política traspasó el ámbito privado, y se convirtió en escena pública, donde homilías que sonaban como reproches, actos religiosos que adquirían una carga cívica, y la percepción de que la autoridad civil y la religiosa, luchaban por el pulso moral del Estado. En las noches, cuando la ciudad se recogía y las luces se apagaban, Quevedo debía confrontar las decisiones que le habían costado aliados y le habían ganado enemigos. No todo era ajedrez, existían los costos humanos, las familias afectadas por las represalias, los hombres que cayeron bajo órdenes que él había firmado, y las mujeres que quedaron en la memoria de la represión. El general llevaba consigo el peso de esas decisiones, aunque su semblante público rara vez mostrara fisuras, pues, la ley del silencio lo acompañaría, no era hombre de lamentaciones públicas, prefería la firmeza del decreto, a la confesión en voz alta. El triunfo de Quevedo, sin embargo, no fue eterno, la historia, con sus ciclos, le presentaría derrotas y la erosión del poder, así, el desgaste político —combinación de factores internos y externas presiones— condujo a que su hegemonía se resquebrajara, y la alternancia de grupos dentro del propio partido, abriría fisuras que, con el tiempo, lo colocarían en un rol menos central, así, entregar el poder, fue un momento de amargura y evaluación, ya que, la percepción pública oscilaba entre el reconocimiento por haber mantenido el orden y la crítica en momentos complejos por las formas empleadas para sostenerlo.
Pero Quevedo no fue un hombre que se retirara en silencio, su vida posterior al gobierno mantuvo la huella militar y la participación en círculos políticos; su nombre, no desapareció de la escena, la memoria del general quedaría inscrita en placas, en nombres de recintos y en el catálogo de voces que construyen la historia regional. Para algunas generaciones, fue el garante de la estabilidad, para otras, la evidencia de que la fuerza no siempre se acompaña de justicia. Sin embargo, contemplar la vida del general Rodrigo M. Quevedo Moreno, es leer páginas de la historia regional, donde la frontera produce líderes de temple, pero también fracturas.
La palabra final, en esta crónica, no pretende absolver ni condenar, busca narrar con la hondura que merecen los hechos. Quevedo, fue un instrumento de su tiempo, un producto de una frontera que exigía decisión; fue, sin duda, un personaje cuya figura convoca todavía debates sobre la legitimidad del poder, la relación entre la fuerza y la ley, y la manera en que la historia regional guarda con prudencia, el juicio definitivo. Y mientras que las generaciones sigan cruzando el mapa de Chihuahua, su nombre seguirá siendo un punto de referencia para elogiar, criticar y, sobre todo, para preguntar cómo se forja un destino público en una tierra que se niega a olvidar. Es entender que la política en Chihuahua del siglo XX, se forjó en la intersección de machetes y decretos, de alcaldes y obispos, de caudillos y juristas, es aceptar la paradoja del hombre que construyó y, a la vez, desgastó, que dio orden y provocó resistencia, que actuó con lealtad a su visión y fue acusado por quienes no compartieron su visión, falleciendo el 18 de enero de 1967. ¡Descanse en paz!



