Padre Dizán Vázquez y el Fuego Cruzado en los Años 80

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Por: Oscar A. Viramontes Olivas

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Siguiendo con la serie de personajes relevantes en la vida social, política, económica, religiosa y cultural de Chihuahua, me detengo, para hablar de un sacerdote que tiene toda mi admiración, maestro de apologética católica, comunicador nato, su espíritu ecuménico probado, escritor y periodista, portador de una verdad que afectó a muchos, pero a otros, representó la verdadera predicación del evangelio de Cristo, teniendo la oportunidad de colaborar con él en 1985, al ser reportero y fotógrafo del periódico Notidiocesis, es el padre Dizán Vázquez Loya, cuya presencia se hizo evidente en el corazón de una década convulsa, donde las pasiones políticas se desbordarían tanto como las plegarias reprimidas, convirtiéndose en una de las voces más firmes y honestas de la Iglesia Católica en Chihuahua.

Fue vocero de la Arquidiócesis, su figura emergía cada domingo desde el púlpito, y cada semana en las páginas de Notidiocesis, ese tabloide incómodo para el poder, y esperanzador para el pueblo, sin duda, el eco de sus palabras, calaba en los rincones más ocultos de una sociedad que, entre la fe y la rabia, comenzaba a cuestionarse muchas cosas. Chihuahua, entre el polvo del desierto y la esperanza sembrada en los templos, entre el eco de las campanas de Catedral, y el murmullo sordo de una sociedad crispada por la injusticia, se alzaba una voz que no buscaba protagonismos, pero que acababa por convertirse en “faro” de muchos, ese era Dizán Vázquez que representaba el rostro visible de una iglesia que había dejado de callar. La semilla del conflicto estaba sembrada mucho antes de que estallara, durante el mandato pastoral del arzobispo don Adalberto Almeida y Merino, la Iglesia de Chihuahua había vivido un florecimiento espiritual comprometido con los más pobres, era progresista y no burguesa, donde las comunidades eclesiales de base, inspiradas en la “teología de la liberación”, florecían en los barrios populares, en colonias periféricas, en zonas rurales donde los campesinos rezaban con los pies hundidos en la tierra reseca; donde obreros exigían justicia, entre muchos otras demandas.

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P. Dizán Vázquez Loya, siempre comprometido con la verdad, los más vulnerables y con el evangelio de Cristo. Foto: Oscar A. Viramontes Olivas

En las comunidades de base, se tejían redes de solidaridad y conciencia crítica, que contrastaba con el discurso oficial, no era sólo fe, era denuncia; no era sólo liturgia, era organización, y en el centro de esa efervescencia, se encontraba “Notidiocesis”, modesto pero poderoso medio impreso, donde se denunciaban las arbitrariedades del poder político, la corrupción, el clientelismo y, sobre todo, los fraudes electorales, sin duda, los años ochenta serían tiempos de fracturas, donde el Partido Revolucionario Institucional (PRI) parecía intocable, sostenido por la maquinaria electoral aceitada con favores, silencios comprados y amenazas veladas. En Chihuahua, sin embargo, algo se rompía, el pueblo comenzaba a gritar lo que antes sólo murmuraba, y en ese escenario, la voz de la iglesia representada por el arzobispo Almeida, se atrevió a decir lo indecible: ¡Hubo fraude! Mientras eso ocurría, algunos católicos temblaban por las consecuencias, otros, encontraron un motivo para levantarse, así, las comunidades eclesiales de base, inspiradas por la teología de la liberación, comenzaron a organizarse, no sólo para rezar, sino para transformar las capillas en centros de reunión, en aulas populares, en trincheras donde la Biblia se leía con ojos distintos y el padre Dizán, fiel al espíritu de Almeida, daba voz a esos movimientos.

El año 1986 sería parteaguas donde las elecciones estatales, marcarían uno de los fraudes más descarados en la historia del PRI en Chihuahua, la victoria del entonces candidato priista Fernando Baeza Meléndez, sobre Francisco Barrio (PAN), desataría una ola de indignación social, donde la Iglesia con valentía poco común, decidiría no guardar silencio; fue entonces, cuando el Almeida y Merino, alzaría la voz en su homilía dominical: “La verdad nos hará libres y ocultar el fraude, es esclavitud política”. Aquella frase se convirtió en eslogan clandestino en los pasillos parroquiales, sin embargo, Dizán como vocero, llevaría ese mensaje a los medios con una dignidad que sorprendió a propios y extraños; no gritaba, no insultaba, pero tampoco callaba. “La Iglesia no busca el poder político —dijo entonces Dizán a un reportero de El Heraldo—, pero sí tiene el deber moral de denunciar la mentira y acompañar al pueblo en su dolor”. Por esos días, Notidiocesis se convertiría en voz de los más vulnerables, impreso con recursos limitados, distribuido con sigilo entre feligreses y comunidades, el tabloide documentaba abusos, recogía testimonios, reflexionaba sobre dignidad humana, y confrontaba la narrativa oficial. Dizán, participaba activamente en su redacción, cuidando cada palabra, equilibrando verdad y prudencia, resistencia y caridad, sin embargo, este medio también tendría enemigos, pues algunos sectores lo tildaban de subversivo, de infiltrado, de panfleto político, lo que, en una ocasión, el propio Dizán, recibiría amenazas telefónicas: “Padre, cuídese, que usted está pisando terrenos peligrosos”. Él no contestó con temor, sino con mayor convicción. “No hay fe auténtica sin riesgo”, le dijo a un grupo de seminaristas al día siguiente.

La Iglesia Romana, no veía con buenos ojos el despertar latinoamericano de una Iglesia comprometida con luchas sociales, por ello, Girolamo Prigione, nuncio apostólico, representante del papa en México, actuaba como muro de contención contra cualquier corriente progresista; Prigione quien molesto por las denuncias en contra de Almeida, gestionó su salida prematura de la Arquidiócesis, no tardando en enviar sus emisarios, pues la orden era clara, callar a la Iglesia de Chihuahua o por lo menos, “domesticarla”, originando más tarde, la remoción y caída de don Adalberto; no era tan solo quitar a un obispo, era el desplome de una forma de ser Iglesia. A su salida, llegaría un sustituto de línea dura, conservador hasta los dientes, era José Fernández Arteaga, pastor más afín a las formas diplomáticas, enemigo de las comunidades de base y de la lucha de la Iglesia por los pobres, era de la línea burguesa.

El giro fue claro, prohibir el uso del púlpito para hablar de política, generándose también el desmantelamiento de las comunidades de base y el Notidiocesis, sería sometido a vigilancia editorial. Ante todos estos cambios, y dentro del nuevo clima eclesial, Dizán sin ser removido, sería orillado al silencio, ya no como vocero, ya no al frente de periódico, ya no podía hacer ruedas de prensa en las que cuestionara el poder. Fue relegado, pero no se quejó, nunca lo hizo, su sacrificio fue silencioso, como el de tantos profetas que mueren un poco cada día sin que nadie lo note, cuya huella permanece. Así sería injustamente marginado, retirándosele funciones que le impidieron hablar como vocero, relegándolo a parroquias menores; era el castigo por su lealtad a la línea pastoral de Almeida y al evangelio; lo hicieron sin escándalo, pero con saña burocrática. Algunos sacerdotes lo evitaban, otros le ofrecían solidaridad en privado, el pueblo en cambio, nunca lo olvidó.

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Don Adalberto Almeida y Merino, arzobispo de la Arquidiócesis de Chihuahua (1969-1991). Foto: Oscar A. Viramontes Olivas

Un día, una señora de la colonia Rosario lo buscó para pedirle una misa para su hijo desaparecido. “Usted, fue el único que nos dijo la verdad cuando nadie más se atrevía. Por eso confío en usted.” Dizán lloró esa tarde, comprendiendo que el valor de su voz no dependía de cargos, sino de conciencia. “Hay dos formas de crucificar al justo, con clavos o con silencio”, escribió en su diario años después. Para él, el verdadero castigo no fue el alejamiento institucional, sino la traición de algunos hermanos de sotana y alza cuello que eligieron el acomodo sobre la verdad, sin embargo, jamás rompió con la iglesia, nunca dejó de celebrar misa, nunca levantó la voz contra sus superiores, callaba, pero su silencio era elocuente; en sus homilías, hablaba de la verdad, el perdón, del amor al enemigo, pero también, del dolor de los pueblos olvidados, de niños sin escuela, de mujeres golpeadas por el machismo, de campesinos sin tierra, y de esa manera, la gente escuchaba, porque sabían que Dizán no hablaba desde el escritorio, sino desde las entrañas del corazón y su vocación al evangelio.

Al paso del tiempo, la política chihuahuense cambió, el PRI perdió fuerza, llegando la alternancia. Se revisaron las elecciones de los ochenta, algunos reconocieron desde el sistema, que sí hubo fraude. Las palabras de Almeida y Dizán, empezarían a recobrar vigencia, siendo citadas, reconocidas, rescatadas. Un día, en un acto público, un político local dijo: “Si hubiéramos escuchado a la iglesia en los ochenta, otro hubiera sido nuestro camino”. Era tarde, pero no inútil, Dizán seguiría su camino pastoral, discreto pero firme, formando nuevos líderes, acompañando comunidades, escribiendo reflexiones; nunca buscó el protagonismo, pero su legado creció, y quienes habían sido sus detractores empezaron, poco a poco, a rendirle tributo. Hoy, cuando uno recorre las parroquias del norte de la ciudad o asiste a misa en algún barrio obrero, es posible escuchar en labios de un nuevo sacerdote, alguna frase que remite a Dizán. “La fe sin justicia es sólo superstición”; “El Evangelio es buena noticia para los pobres, no para los poderosos”. Dizán Vázquez, no necesitó una mitra ni una cátedra, le bastó su conciencia limpia y un corazón dispuesto, pues en los años más oscuros de la política chihuahuense, su voz fue luz, y aunque silenciada, nunca fue vencida, porque como él mismo escribió alguna vez: “La fe se defiende no con gritos, sino con coherencia, y en tiempos de mentira, decir la verdad ya es una forma de martirio”.

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