El periodismo produce cada día investigaciones y reportajes de calidad que apenas alcanzan a una audiencia mínima. El problema ya no consiste únicamente en obtener y verificar información: también implica crear relaciones duraderas con públicos fragmentados, dispersos entre plataformas, grupos de mensajería y comunidades digitales.
Silvio Waisbord, profesor de la George Washington University, y Adriana Amado, profesora de la Universidad Camilo José Cela, plantean que el modelo estrictamente informativo resulta insuficiente para el ecosistema contemporáneo.
En un diálogo publicado por la revista académica Estudios sobre el Mensaje Periodístico, ambos proponen avanzar hacia un modelo “socialmente comunicativo” capaz de construir públicos, no solo distribuir contenidos.
Una conversación entre Madrid, Valencia y Washington
El artículo fue elaborado por Eva Campos-Domínguez, de la Universidad Complutense de Madrid, y Guillermo López-García, de la Universidad de Valencia. La conversación telemática se realizó el 5 de mayo de 2026 y fue publicada el 22 de julio en el volumen 32, número 3, de la revista.
El punto de partida es la comunicación política, pero el diálogo se extiende hacia conceptos como opinión pública, esfera pública, plataformas, emociones, algoritmos y pérdida de centralidad de los medios tradicionales.
La discusión no presenta la transformación digital como una simple sustitución de periódicos, radio y televisión por redes sociales. Describe un proceso más complejo de hipermediatización: existen más intermediarios, más canales y más formas de circulación, pero ningún actor concentra por sí solo la atención colectiva.
La opinión pública ya no es un cuerpo unificado
Waisbord distingue dos dimensiones de la opinión pública. Por una parte, funciona como ideal democrático: una comunidad capaz de formar juicios sobre asuntos comunes. Por otra, describe procesos reales de conocimiento, actitudes y legitimidad.
La fragmentación digital hace más visible una dificultad que siempre existió: la opinión pública nunca fue una entidad completamente unificada.
Las personas habitan comunidades informativas diferentes. Reciben noticias mediante medios, redes, creadores, familiares, grupos privados y sistemas de recomendación. Incluso la idea de “actualidad” cambia de una comunidad a otra.
Esto no significa que la esfera pública haya desaparecido, pero obliga a examinar dónde se forman las conversaciones, quién puede participar y qué actores consiguen establecer temas comunes.
No confundir X con la sociedad
Adriana Amado lanza una crítica directa a la investigación académica: “La academia está enamorada de Twitter”.
La plataforma —ahora llamada X— ha sido estudiada intensamente porque durante años ofreció datos relativamente accesibles. Sin embargo, representa un segmento limitado y particularmente politizado de la conversación.
Mientras tanto, YouTube, las aplicaciones de mensajería y otras plataformas con miles de millones de usuarios siguen siendo cajas negras para muchos investigadores.
El resultado es un sesgo de accesibilidad: se investiga lo que puede medirse, no necesariamente lo más relevante.
Waisbord reconoce que esta selección produjo una imagen incompleta de la desinformación, la polarización y las prácticas comunicativas. El comportamiento de una élite activa en X no puede trasladarse automáticamente al conjunto de la opinión pública.
El algoritmo también puede abrir información
La conversación evita presentar los algoritmos únicamente como amenaza. Amado recuerda que, en sociedades con censura, opacidad gubernamental o poca disponibilidad de información, las plataformas también pueden romper bloqueos.
Herramientas de traducción, acceso a fuentes extranjeras y circulación transfronteriza permiten consultar información que antes estaba fuera del alcance de muchas personas.
La misma tecnología puede producir burbujas, vigilancia o manipulación, pero también ampliar horizontes informativos. El efecto depende del contexto político, de la transparencia institucional y de las capacidades de los usuarios.
Los medios siguen mediando, pero de otra manera
Waisbord rechaza la idea de una desintermediación absoluta. Los medios no desaparecieron; perdieron centralidad dentro de un sistema con más intermediarios.
Una organización internacional con cientos de millones de usuarios no media de la misma forma que un boletín local, un canal especializado o una comunidad digital pequeña. Todos pueden llamarse “medios”, pero su capacidad de producir atención, establecer agenda y conectar públicos es distinta.
La televisión y la radio mantienen relevancia para determinados grupos, especialmente personas de mayor edad. Las plataformas dominan otros segmentos. La pregunta ya no es si los medios tradicionales continúan siendo importantes en abstracto, sino qué median, para quién, de qué modo y en qué escala.
Seguidores no equivalen a público
Las métricas heredadas del siglo XX resultan insuficientes. Antes, la venta de ejemplares o el rating permitían estimar la salud de un medio y su valor para los anunciantes.
En plataformas digitales, un canal puede acumular miles de suscriptores sin generar vistas, interacción o interés cotidiano. Estar presente en todas las redes no garantiza ser visto.
El número de seguidores describe una base potencial. No dice cuántas personas prestaron atención, comprendieron el contenido o regresarán a la siguiente publicación.
Por eso, la construcción de públicos requiere observar relaciones más profundas: confianza, recurrencia, participación y capacidad de activar conversaciones.
La comunicación humana no es hiperracional
Otro punto central es la crítica al modelo hiperracionalista. Las teorías clásicas de la esfera pública suelen imaginar ciudadanos informados que intercambian argumentos, evalúan evidencia y alcanzan consensos.
La comunicación real incluye pasiones, miedos, identidades, afectos, resentimientos y deseos de pertenencia.
Amado y Waisbord recuerdan que las emociones no son una anomalía introducida por internet. La retórica, la propaganda y la persuasión política siempre han trabajado con disposiciones psicológicas y culturales.
El reto consiste en entender ese componente emocional sin renunciar a la verificación ni reducir cualquier desacuerdo a desinformación.
La crisis de credibilidad es institucional
La pérdida de confianza no afecta únicamente al periodismo. También alcanza a universidades, ciencia, gobiernos y otras instituciones que durante el siglo XX concentraban autoridad para definir qué era conocimiento legítimo.
La sociedad digital amplía oportunidades de expresión, pero dificulta alcanzar acuerdos mínimos sobre hechos y reglas comunes.
Waisbord señala una paradoja: la pluralidad puede ser democrática porque reconoce diferencias, pero también puede producir comunidades encerradas en realidades incompatibles.
Sin consensos básicos acerca de qué constituye evidencia, la comunicación pública y la democracia enfrentan límites severos.
No es solamente una brecha generacional
El diálogo cuestiona la idea de que el cambio pueda explicarse mediante etiquetas como “milenial” o “generación Z”.
La edad no predice por sí sola la competencia digital. Personas mayores pueden desarrollar prácticas intensivas en plataformas, mientras ciertos grupos adultos tienen menos tiempo o disposición para adaptarse.
Además, la demografía varía entre regiones. Europa, América Latina, Medio Oriente y África tienen estructuras de edad distintas, lo que vuelve insuficiente cualquier explicación universal.
Amado propone reconocer una inversión pedagógica: los profesores aportan competencia teórica, mientras los estudiantes pueden poseer mayor competencia digital. El aprendizaje debería ser menos vertical y más distribuido.
Del proveedor de noticias al nodo de conversación
Para Amado, el periodista debe dejar de imaginarse como un eslabón que transmite información desde autoridades hacia la sociedad.
En un entorno fragmentado, puede actuar como nodo capaz de detectar preocupaciones, conectar comunidades y convertir malestares dispersos en preguntas periodísticas.
La tecnología no debería utilizarse solo para producir más notas y distribuirlas en más plataformas. También puede ayudar a escuchar qué preocupa a distintos grupos y cómo interpretan los acontecimientos.
Las escuelas enseñan a preguntar y publicar, pero rara vez enseñan a conversar.
Conversar no significa abandonar el criterio editorial ni aceptar todas las afirmaciones. Implica escuchar, responder, explicar métodos y reconocer que los públicos también producen información útil.
Públicos fugaces y públicos duraderos
Waisbord distingue entre diferentes temporalidades. Algunos públicos aparecen durante 24, 48 o 72 horas alrededor de un tema en tendencia y desaparecen con la misma rapidez.
Otros se mantienen de forma latente porque están vinculados con condiciones de vida, identidades, conflictos o intereses persistentes.
Un medio necesita comprender ambas dinámicas. No basta con perseguir tendencias, pero tampoco puede ignorar conversaciones emergentes capaces de reunir temporalmente a comunidades dispersas.
Construir públicos significa desarrollar vínculos que puedan activarse con contenidos relevantes, no acumular una lista estática de seguidores.
La calidad necesita estrategia comunicativa
Waisbord plantea una autocrítica para el oficio. El periodismo suele concentrarse en producir una buena nota y dar por terminado el trabajo.
Sin embargo, una investigación excelente con audiencia mínima tiene un impacto público limitado. Comunicarla, generar interés y explicar su relevancia puede ser tan complejo como obtener la información.
Esto no implica reemplazar rigor por espectáculo. Significa pensar en formatos, lenguaje, distribución, conversación y continuidad desde el inicio del proyecto.
De institución informativa a institución comunicativa
La propuesta final no elimina las funciones tradicionales del periodismo. Investigar, verificar y contextualizar siguen siendo indispensables.
El cambio consiste en sumar una segunda mirada: el periodismo debe preguntarse para quién trabaja, qué relación construye y cómo puede ser relevante en una economía de la atención.
El nuevo modelo no tiene una fórmula cerrada. Exige experimentar, estudiar comunidades fuera de las plataformas más visibles y reconocer el papel de emociones, identidades y conversaciones interpersonales.
El periodismo del futuro no será únicamente una institución que produce información. Tendrá que convertirse también en una institución capaz de producir comunicación, confianza y públicos.
Fuente académica: Eva Campos-Domínguez y Guillermo López-García, “Silvio Waisbord y Adriana Amado proponen un «nuevo modelo periodístico» que permita «construir públicos»”, Estudios sobre el Mensaje Periodístico, vol. 32, núm. 3, 2026, pp. 763–771. DOI: 10.5209/esmp.109985. Publicado bajo licencia CC BY 4.0.
Artículo y PDF: consultar en Revistas Científicas Complutenses.
Fuente compartida: Gerardo Albarrán de Alba / Sala de Prensa en X.

