Un error gramatical repetido en dos boletines y un bulo reproducido por numerosos medios parecen problemas distintos. En realidad, comparten una causa: la desaparición de controles editoriales capaces de detener una publicación, revisarla y corregirla.
Álex Grijelmo expone este problema en la columna La virtud de corregir a otros, publicada en Babelia / El País el 26 de agosto de 2026.
Su argumento no se limita a defender la ortografía. La corrección lingüística, la comprobación de datos, la atribución de fuentes y la rectificación pública forman parte de un mismo sistema de calidad periodística.
Cuando ese sistema desaparece, los errores se repiten y una historia sin pruebas puede transformarse en noticia solo porque muchos medios la copiaron.
El error que nadie detuvo
Grijelmo comienza con un boletín local de la Cadena SER que hablaba de una empresa acusada de “vertir” aguas contaminadas.
La conjugación correcta es “verter”.
Un lapsus aislado puede ocurrirle a cualquier profesional. Lo revelador fue que la misma forma incorrecta apareciera en el siguiente boletín.
La repetición sugería que nadie había advertido el fallo o que no existía un mecanismo suficientemente rápido para corregirlo antes de la siguiente emisión.
El ejemplo parece pequeño frente a los grandes debates del periodismo. Sin embargo, permite observar cómo funciona —o deja de funcionar— una redacción.
Si un error fácilmente comprobable sobrevive varias veces, ¿qué ocurre con afirmaciones que requieren llamadas, documentos y contraste de fuentes?
Corregir no es humillar
Las redacciones tradicionales dependían de una cadena de lectura: reportero, editor, corrector, responsable de sección y, según la importancia, dirección editorial.
Esa cadena no garantizaba la ausencia de equivocaciones. Sí distribuía la responsabilidad.
Señalar un error a tiempo no debería entenderse como una agresión contra quien lo cometió. Es una forma de proteger al periodista, al medio y a la audiencia.
Una cultura donde nadie se atreve a corregir por miedo al conflicto termina dejando al autor solo frente al público.
La corrección amable entre compañeros es también una práctica profesional: identificar el problema, explicar la razón y evitar que se repita.
El “condicional del rumor”
Otro síntoma descrito por Grijelmo es el uso del condicional para transmitir afirmaciones no comprobadas.
Expresiones como “habría donado”, “estaría preparando” o “se habría reunido” pueden ser válidas cuando existe una fuente claramente identificada y el medio explica el grado de certeza.
El problema aparece cuando el tiempo verbal sustituye a la verificación.
El condicional funciona entonces como una protección aparente: se publica una acusación o historia atractiva sin asumir plenamente que sea cierta.
Muchos libros de estilo rechazan ese uso porque traslada al lector la incertidumbre que el periodista debía resolver o, al menos, describir con precisión.
El bulo sobre la supuesta donación de Gavi
La columna analiza una historia publicada inicialmente por La Razón el 20 de agosto de 2026.
La nota afirmaba, mediante varios condicionales, que el futbolista Pablo Gavi había destinado 1.3 millones de euros a construir 150 apartamentos y 300 camas para personas sin hogar en su localidad natal.
También le atribuía una declaración sobre su responsabilidad de ayudar, pero no identificaba fuentes que permitieran comprobarla.
La historia era emotiva, positiva y fácil de compartir. Esas características probablemente contribuyeron a su expansión.
Otros medios la reprodujeron y, en algunos casos, eliminaron incluso las señales de incertidumbre. Lo que en la primera publicación aparecía como algo que el jugador “habría” hecho pasó a titulares afirmativos.
Repetir no convierte una afirmación en verdad
Cuando varios sitios publican la misma información, puede parecer que existen confirmaciones independientes.
Pero diez artículos derivados de una sola nota sin fuentes siguen siendo una sola afirmación no verificada.
La multiplicación de enlaces crea una ilusión de consenso.
Los buscadores, agregadores y redes sociales pueden reforzarla al mostrar muchas versiones de la misma historia sin revelar que todas dependen del mismo origen.
Antes de republicar, cada medio debería identificar:
- quién produjo la información original;
- qué fuentes sustentan la afirmación;
- si existen documentos o testimonios verificables;
- qué parte fue comprobada de manera independiente;
- qué incertidumbres siguen abiertas.
El medio que sí hizo llamadas
La Voz del Sur decidió verificar la historia.
Consultó a representantes del futbolista, a la Delegación de Urbanismo y a autoridades municipales.
El resultado fue claro: no existía la donación, tampoco el proyecto de viviendas y las declaraciones atribuidas al jugador no eran reales.
La diferencia no estuvo en una tecnología sofisticada.
Consistió en aplicar procedimientos básicos: localizar a las partes, consultar a las instituciones que necesariamente conocerían una obra de esa magnitud y comparar la afirmación con hechos documentables.
Ese trabajo convirtió un rumor atractivo en una historia periodística comprobada: la historia del propio bulo.
La atribución que desaparece
Grijelmo observa otra falla: muchos medios no mencionaron a La Razón como fuente cuando replicaron la versión falsa.
Después, al circular el desmentido, casi ninguno reconoció el trabajo de La Voz del Sur.
La omisión perjudica a la audiencia porque impide reconstruir la cadena de información.
También distorsiona los incentivos profesionales. El medio que publica primero una historia no comprobada recibe tráfico; el que invierte tiempo en desmentirla puede quedar sin crédito.
Atribuir no es una cortesía opcional. Permite evaluar la confiabilidad y asignar responsabilidad.
Borrar no equivale a corregir
Algunos medios retiraron la información falsa sin explicar el cambio.
Eliminar reduce la circulación futura, pero no corrige la impresión de quienes ya leyeron o compartieron la nota.
Una rectificación responsable debería indicar:
- qué se publicó;
- qué parte era incorrecta;
- cómo se comprobó el error;
- qué cambios se hicieron;
- cuándo se realizó la actualización.
En casos relevantes, la corrección debe tener una visibilidad proporcional a la publicación original.
Ocultar el error protege momentáneamente la apariencia del medio, pero debilita la confianza cuando la audiencia descubre que la página desapareció sin explicación.
Corrección de estilo y verificación son tareas distintas
Un corrector puede detectar una conjugación incorrecta, una frase ambigua o una contradicción interna.
Un verificador necesita confirmar nombres, cifras, documentos y testimonios.
Un editor debe evaluar relevancia, enfoque, atribución y evidencia.
Estas funciones pueden recaer en una misma persona dentro de una redacción pequeña, pero no deberían confundirse.
Un texto impecable puede contener datos falsos. Una investigación sólida puede perder credibilidad si se publica con errores evitables.
La calidad exige ambas dimensiones.
Por qué están desapareciendo los controles
La reducción de plantillas, la publicación continua y la presión por competir en tiempo real han debilitado los procesos de revisión.
Un periodista puede investigar, escribir, editar, seleccionar imagen, optimizar para buscadores y publicar sin una segunda lectura humana.
Las métricas premian la rapidez y el volumen. La corrección suele percibirse como una demora cuyo valor no aparece inmediatamente en las estadísticas.
Pero el costo de un error puede incluir pérdida de reputación, daño a terceros, rectificaciones legales y desconfianza acumulada.
Ahorrar en edición puede resultar caro.
La inteligencia artificial aumenta el riesgo
Las herramientas automáticas pueden corregir ortografía, resumir documentos y detectar inconsistencias.
También pueden inventar datos, mezclar fuentes o reproducir un bulo con redacción convincente.
Si una redacción usa inteligencia artificial para producir más contenido sin fortalecer la revisión, amplifica el mismo problema denunciado por Grijelmo.
La velocidad de generación debe acompañarse de trazabilidad:
- enlaces a documentos originales;
- registro de fuentes consultadas;
- revisión humana antes de publicar;
- mecanismos visibles de actualización;
- responsabilidad editorial claramente asignada.
Un corrector automático puede señalar “vertir”, pero no sustituye una llamada a Urbanismo.
Competir con consistencia, no con velocidad
La conclusión de Grijelmo es que los medios no recuperarán confianza intentando ser más rápidos que las redes sociales y los sitios irresponsables.
Su ventaja debe ser la consistencia.
Esto significa publicar información atribuida, comprobada, inteligible y corregible.
La rapidez conserva valor en situaciones urgentes, pero debe acompañarse de transparencia sobre lo que se sabe y lo que todavía no se confirma.
“No sabemos aún” es una respuesta más profesional que llenar el vacío con un condicional sin fuente.
Un protocolo mínimo para las redacciones
La columna permite traducir la crítica en acciones concretas:
- Segunda lectura: ninguna pieza sensible debería publicarse sin revisión de otra persona.
- Fuente identificada: toda afirmación relevante debe tener origen trazable.
- Verificación independiente: las historias virales requieren contacto con protagonistas e instituciones.
- Registro de cambios: las correcciones deben quedar visibles.
- Crédito: reconocer tanto la exclusiva como el desmentido.
- Retroalimentación interna: comunicar los errores sin convertir la corrección en castigo.
- Tiempo editorial: reservar espacio real para comprobar, no solo producir.
La humildad como control de calidad
Corregir a otro requiere tacto. Aceptar una corrección requiere humildad.
Ambas capacidades forman parte del trabajo periodístico.
Una redacción donde todos pueden equivocarse, pero nadie puede señalarlo, es más frágil que otra que documenta y aprende de sus fallos.
El valor del editor o corrector no consiste en demostrar superioridad. Consiste en impedir que el error llegue al público o, si ya llegó, repararlo con claridad.
El caso de Gavi muestra la distancia entre copiar y verificar. La primera tarea tomó minutos y multiplicó una falsedad. La segunda exigió llamadas y permitió recuperar los hechos.
En esa diferencia se juega buena parte de la credibilidad del periodismo.
Fuente original: Álex Grijelmo, “La virtud de corregir a otros”, Babelia / El País, 26 de agosto de 2026.
Verificación citada: La Voz del Sur, medio que consultó a representantes del futbolista y autoridades para desmentir la historia.
Publicación compartida: Gerardo Albarrán de Alba / Sala de Prensa en X.
Imagen: fotografía compartida por Sala de Prensa para ilustrar la columna y el bulo analizado. No fue posible verificar el crédito fotográfico original; se utiliza con descripción prudente y enlace a la publicación de procedencia.

