Ignacio Ramonet: pensamiento crítico, periodismo e IA frente al poder

En una época dominada por algoritmos, respuestas rápidas y certezas ideológicas, Ignacio Ramonet propone una definición exigente del pensamiento crítico: estar dispuesto a cambiar de ideas cuando los hechos contradicen nuestras convicciones. El periodista y académico desarrolla esa postura en una extensa entrevista realizada por Héctor Bujari Santorum y publicada el 9 de septiembre de 2026 en Nueva Revolución.

La conversación recorre la independencia de los medios, la economía de la atención, los riesgos democráticos de la inteligencia artificial, el reordenamiento geopolítico y la responsabilidad de periodistas e intelectuales frente al crecimiento de las extremas derechas. También aborda asuntos controvertidos, como la posición de Ramonet sobre el Sáhara Occidental.

El exilio como primera escuela crítica

Ramonet nació en Redondela, Galicia, en 1943, pero pasó la infancia y la juventud en Marruecos. Sus padres se habían desplazado al norte de África bajo las condiciones impuestas por la dictadura franquista. En la entrevista, relaciona esa experiencia con su desconfianza hacia los relatos únicos y con el hábito de observar los conflictos desde varios lados de una frontera.

La convivencia de culturas, lenguas y religiones en el Tánger de su juventud le mostró que ninguna sociedad puede reducirse a una sola interpretación. También le permitió observar de cerca el colonialismo, la discriminación y el racismo. La historia, sostiene, no es una abstracción: puede obligar a una familia a abandonar su país y perder de un día para otro referencias que parecían permanentes.

Ese vínculo biográfico ayuda a comprender tanto su interés por el Sur global como algunas de sus posiciones geopolíticas. No las vuelve necesariamente correctas, pero permite identificar desde qué experiencia y marco intelectual las formula.

La independencia periodística necesita una base económica

Ramonet dirigió la edición francesa de Le Monde diplomatique entre comienzos de la década de 1990 y marzo de 2008. Durante ese periodo, el medio consolidó en 1996 una mayor autonomía editorial y empresarial respecto del grupo Le Monde.

Su lectura de aquella experiencia parte de una pregunta que conserva vigencia: ¿quién decide qué se publica, qué temas se investigan y desde qué perspectiva se analizan? La libertad editorial, explica, no consiste en declararse neutral. Un medio puede tener valores y una línea reconocible; lo decisivo es que propietarios, anunciantes, gobiernos o plataformas no impongan qué debe callar.

La independencia tampoco es una conquista permanente. Debe renovarse mientras cambian las fuentes de presión. Antes, la dependencia podía concentrarse en los dueños o la publicidad. Ahora también intervienen las plataformas digitales que controlan la distribución y los algoritmos que deciden qué obtiene visibilidad.

Información abundante, contexto insuficiente

Para Ramonet, el ecosistema digital produjo una paradoja: nunca circuló tanta información y, al mismo tiempo, pocas veces resultó tan difícil distinguir información, propaganda, opinión, entretenimiento y manipulación.

Las redes sociales ampliaron el acceso a la palabra y permitieron que actores antes excluidos publicaran sin pasar por una gran redacción. Pero también industrializaron la desinformación y establecieron una economía basada en capturar atención. Una falsedad emocional puede difundirse en minutos; comprobarla exige documentos, fuentes, tiempo y trabajo.

El problema no es solo tecnológico. Los recortes en las redacciones y la presión por producir de manera continua favorecen contenidos rápidos y fragmentados. En ese entorno, la función del periodismo no debería limitarse a decir qué ocurrió: necesita explicar causas, intereses, beneficiarios y consecuencias.

La inteligencia artificial es una cuestión de poder

Ramonet evita presentar la inteligencia artificial como una máquina autónoma que inevitablemente dominará a la humanidad. Sitúa el riesgo en las decisiones sociales y económicas sobre su uso: quién controla los modelos, con qué datos se desarrollan, qué tareas automatizan y qué protecciones existen para las personas afectadas.

Reconoce posibilidades en medicina, ciencia, educación y servicios. Su advertencia aparece cuando la tecnología se emplea para intensificar ritmos de trabajo, vigilar empleados, evaluar permanentemente el rendimiento o sustituir puestos sin mecanismos de protección social.

La pregunta relevante no es únicamente qué puede hacer una herramienta, sino para qué se utiliza y quién obtiene poder con ella. Una máquina puede procesar datos, detectar patrones y generar contenidos; la decisión sobre lo que una sociedad debe hacer sigue siendo ética y política.

Para el periodismo, la IA añade otro desafío: imágenes fabricadas, voces sintéticas y textos plausibles dificultarán la verificación. Ramonet imagina al periodista como un “detective de la realidad”, capaz de rastrear fuentes y reconstruir el contexto que una respuesta automática puede ocultar.

La entrevista larga frente a la economía del fragmento

La conversación también defiende un formato cada vez menos compatible con la velocidad de las plataformas: la entrevista en profundidad. Preparar preguntas, escuchar, detectar contradicciones y repreguntar requiere tiempo. No busca obtener una frase viral, sino comprender cómo piensa una persona.

Ramonet rechaza una oposición simple entre periodismo tradicional y redes. Una conversación de dos horas puede distribuirse mediante fragmentos breves que conduzcan a la versión completa. La tecnología puede ayudar a difundir profundidad; el problema aparece cuando toda la producción adopta la lógica del fragmento y deja de ofrecer el contexto original.

Esa defensa tampoco idealiza a los antiguos medios. Las redacciones tradicionales decidían quién tenía acceso al espacio público y qué voces permanecían invisibles. Internet redujo parte de esa barrera. El reto es aprovechar esa apertura sin renunciar a la preparación, la verificación y la continuidad de un argumento.

BRICS, multipolaridad y límites de la interpretación

En el terreno geopolítico, Ramonet describe una transición desde el momento unipolar encabezado por Estados Unidos hacia una distribución más compleja del poder, impulsada por China, India, Rusia, Brasil y otros países del Sur global.

Considera a los BRICS un contrapeso económico, financiero y normativo, pero advierte que no forman un bloque ideológico equivalente al soviético. Sus integrantes tienen sistemas políticos e intereses diferentes. La multipolaridad, reconoce, tampoco garantiza justicia: puede limitar una hegemonía o simplemente redistribuir poder entre potencias.

Estas afirmaciones son análisis del entrevistado, no conclusiones consensuadas. La evolución de alianzas, instituciones financieras y conflictos debe contrastarse con evidencia específica; una lectura crítica no puede sustituir la verificación por afinidad ideológica.

La controversia del Sáhara Occidental

Uno de los pasajes más discutibles de la entrevista es la defensa que Ramonet hace de los vínculos históricos de Marruecos con el Sáhara Occidental y de la propuesta marroquí de autonomía. Él sostiene que el colonialismo europeo alteró profundamente las fronteras del Magreb y que esa historia debe considerarse.

Al mismo tiempo, afirma que ninguna solución sería legítima sin aceptación de la población saharaui y reconoce el derecho a la autodeterminación. Esa condición es central porque Naciones Unidas mantiene al Sáhara Occidental en su lista de Territorios No Autónomos desde 1963. En 2026, dentro del Comité de Descolonización continuaban enfrentándose quienes exigen una consulta con la independencia como opción y quienes respaldan la propuesta de autonomía marroquí.

La postura de Ramonet debe leerse como una posición política controvertida, no como descripción definitiva del estatus jurídico o de la voluntad saharaui.

Comprender no significa justificar

Frente al crecimiento de las extremas derechas, Ramonet pide investigar las condiciones que vuelven atractivos sus discursos: precariedad, miedo, pérdida de expectativas y sensación de abandono. Descalificar a millones de votantes como ignorantes o manipulados impide comprender por qué una respuesta autoritaria encuentra apoyo.

Comprender las causas no equivale a justificar racismo, xenofobia o violencia. Significa producir un diagnóstico que permita responder políticamente y no solo moralmente. Para ello, el periodista necesita consultar fuentes contradictorias, estudiar economía, historia y tecnología, e identificar quién gana y quién pierde con cada decisión.

Cambiar de idea cuando cambian los hechos

La conclusión de la entrevista resume su criterio: el dogmatismo acomoda los hechos a una convicción previa; el pensamiento crítico permite que la evidencia modifique esa convicción. La capacidad de corregirse no es debilidad, sino una disciplina intelectual.

Ese principio también exige aplicarse a Ramonet y a cualquier figura pública. Una trayectoria reconocida no vuelve incuestionables sus interpretaciones. El lector crítico debe separar experiencia, análisis, opiniones y afirmaciones verificables; contrastar fuentes; y conservar la posibilidad de disentir.

Su mensaje para las nuevas generaciones combina tres tareas: leer incluso a quienes contradicen nuestras ideas, investigar en el lugar de los hechos y no convertirse en guardianes de verdades establecidas. En un entorno que recompensa la seguridad instantánea, aceptar la duda y rectificar ante la evidencia puede ser uno de los actos más necesarios del periodismo.

Fuentes: Héctor Bujari Santorum, entrevista con Ignacio Ramonet en Nueva Revolución, publicada el 9 de septiembre de 2026; Naciones Unidas: estatus del Sáhara Occidental; publicación de Sala de Prensa en X.

Imagen destacada: retrato de Ignacio Ramonet. Fotografía: Jayro Vargas, publicada por Nueva Revolución.

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