La provocación no es periodismo

La Constitución sostiene que la libertad de expresión tiene límites legales, como el respeto al honor, la intimidad y la propia imagen

Dicen que retirar la acreditación de prensa a Vito Quiles y a Bertrand Ndongo es un ataque a la libertad de prensa. Es lo que sostienen algunos en redes sociales o en sus canales de comunicación. Todo porque después de numerosas denuncias, el Congreso ha decidido retirar sus acreditaciones.

Sabíamos que el Partido Popular siente aprecio y consideración por él. De hecho, abandonó la Mesa donde se tomó la decisión. Rafael Hernando ha sido uno de los diputados que más lo ha defendido. Lo recordarán porque tuvo que pedir perdón tras su intento de agredir a Rubalcaba en 2005; o cuando dijo aquello de “algunos se han acordado de su padre cuando había subvenciones para encontrarlo”, sobre las víctimas del franquismo. Ahora Hernando sostiene que “retirar la acreditación a un periodista no tiene precedentes en el Congreso en casi 50 años de historia de nuestra democracia”. Y que “hacerlo a Vito Quiles, porque hace preguntas que no gustan a la izquierda, es un atentado a la libertad de prensa”.

Tiene razón en que retirar la acreditación a un periodista no tiene precedentes en el Congreso; pero no la tiene porque nunca ha habido precedentes de un comportamiento como el de Quiles o Ndongo. Porque en estos 50 años periodistas de derechas e izquierdas han trabajado en los pasillos del Congreso con educación y respetando unas normas de convivencia. Por eso, los periodistas que sí trabajan allí, de derechas o de izquierdas, están de acuerdo con que esa retirada no supone un recorte de libertades, sino que garantiza que todos puedan ejercer la libertad de información frente a quienes usan ese derecho como un caballo de Troya para degradarla. Los accesos a edificios institucionales también tienen normas. Es así en todos los parlamentos del mundo. Y las normas están para cumplirlas.

En los últimos meses he investigado académicamente cómo trabajan estos compañeros y compañeras en el Congreso. Los incidentes que han vivido con estos agitadores, el impacto que han tenido en sus rutinas periodísticas, en su forma de trabajar y relacionarse. Muchas de ellas, sobre todo mujeres de medios de izquierdas, lo han pagado además con un trato paternalista y machista; temiendo algunas hasta por su seguridad. Que no intenten vender la idea de que son mártires de la libertad de expresión porque hacen todo lo contrario. Limitar e intoxicar esa libertad con desinformación para luego sacar beneficio en sus redes sociales.

Frente a profesionales que trabajan a diario en el Congreso, que nunca han sido noticia; estos personajes provocan para ser el centro de atención. Los periodistas de verdad ni insultan ni intimidan a quienes no piensan como ellos. Habrá que recordar a quienes están interesados en presentar esto como un recorte de derechos que nuestra Constitución sostiene que la libertad de expresión tiene límites legales también. Por ejemplo, el respeto al honor, la intimidad y la propia imagen de las personas.

Se ve que hay muchos complejos y frustraciones en esta era donde cualquiera con un móvil y un canal se siente periodista. Hacer preguntas o tener un micrófono tampoco convierte a nadie en periodista. Mucho más si se rodea de figuras políticas o de personas con poder, que le hacen creer ser el nuevo Mesías de la información. Conviene recordar las palabras que hace unos días sostuvo la periodista María Rey. Recuperaba una reflexión del también periodista Fernando Garea, cuando indicaba “a mí en la facultad me contaban que un farmacéutico vende sustancias, y un narcotraficante vende sustancias”. Y claro, aunque digan vender lo mismo no son lo mismo. Apliquen esa regla para diferenciar un periodista de lo que no es.

Llegamos tarde porque ellos ya tienen su parte de victoria. Han conseguido que algunos confundan el periodismo con el espectáculo, la información con el acoso y la libertad de prensa con la impunidad. Pero una democracia no se debilita cuando pone límites a quien intimida, hostiga o convierte las instituciones en un plató para monetizar la provocación. El periodismo no puede sobrevivir si acaba premiando más al agitador que al reportero, más al algoritmo que a la verdad y más al espectáculo que al derecho de la ciudadanía a estar informada.

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