¿Qué queda de la vida común cuando las personas, las obras de arte y hasta el pasado se consumen principalmente como imágenes? El escritor y académico Félix de Azúa plantea esa pregunta en una entrevista realizada por Nieves B. Jiménez para IDEAS / La Gaceta, publicada el 5 de septiembre de 2026 y recuperada por Sala de Prensa.
La conversación parte de Un fraude monumental. Mil años góticos, ensayo publicado por Debate en abril de 2026, y se extiende hacia la técnica, la inteligencia artificial, la educación, la política y la muerte. Las opiniones políticas del entrevistado son deliberadamente polémicas y deben leerse como juicios personales, no como hechos acreditados por la entrevista.
Después de la sociedad del espectáculo
Azúa recupera el concepto que Guy Debord formuló en La sociedad del espectáculo, publicado en 1967. La tesis de Debord no se limitaba a criticar la televisión o el entretenimiento: describía una sociedad en la que las relaciones entre personas aparecen mediadas por representaciones y en la que la experiencia vivida es desplazada por imágenes.
Azúa lleva esa idea a un diagnóstico extremo: “En la actualidad ya no hay sociedad, sólo espectáculo”. Según su lectura, las cosas y las personas han sido reemplazadas por sus imágenes, mientras la política, el arte y la información adoptan la lógica de la puesta en escena.
La frase funciona como una interpretación cultural, no como una conclusión empírica. Su utilidad está en abrir preguntas: ¿qué ocurre cuando el valor público de un acontecimiento depende de su capacidad para captar atención?, ¿qué experiencias quedan fuera porque no producen una imagen atractiva?, ¿qué diferencia existe entre documentar una realidad y diseñarla para que circule?
Las catedrales convertidas en atracciones
El libro examina la arquitectura gótica y las transformaciones de su significado. La ficha editorial presenta un recorrido desde Notre-Dame hasta el Parlamento británico y Disneyland París para preguntar cuánto queda de las obras originales después de restauraciones, reinterpretaciones y estrategias de mercado.
En la entrevista, Azúa sostiene que muchas catedrales europeas han perdido su función simbólica y religiosa para convertirse en máquinas turísticas. Su visión es provocadora: una restauración puede preservar un edificio y, simultáneamente, transformar la manera en que se experimenta.
Esto no significa que el turismo elimine necesariamente todo valor artístico. El planteamiento permite distinguir entre conservar materiales, reconstruir una apariencia y mantener la función histórica de un espacio. También invita a preguntar quién decide qué versión del pasado se presenta como auténtica.
Técnica, teléfonos y pérdida de autonomía
Azúa atribuye parte de la espectacularización a la creciente influencia de teléfonos, televisores y ordenadores. Su argumento es que creemos controlar esas herramientas mientras ellas organizan nuestra atención, condicionan el acceso a la información y reducen el tiempo dedicado a pensar.
El problema no reside únicamente en el dispositivo. Plataformas, modelos de negocio y sistemas de recomendación deciden qué adquiere visibilidad. Sin embargo, describir toda relación tecnológica como sometimiento puede ocultar usos que amplían el conocimiento, la comunicación y la participación. La cuestión relevante es bajo qué reglas funcionan esas herramientas y qué capacidad conserva el usuario para comprenderlas y rechazarlas.
Una defensa paradójica de la inteligencia artificial
Aunque critica el dominio de la técnica, Azúa se declara partidario de la inteligencia artificial. Lo hace con ironía: después de observar el estado de la inteligencia “natural”, dice, no cree que la IA pueda empeorarla.
Más allá de la provocación, sitúa el riesgo en la concentración del sistema tecnológico en pocas manos. Ese señalamiento distingue las capacidades de una herramienta de las estructuras empresariales y políticas que deciden cómo se desarrolla y utiliza.
Su posición no resuelve las preguntas sobre autoría, empleo, sesgos o desinformación. Sí evita una oposición simplista entre humanidad y máquina: el problema también incluye a las instituciones que entrenan, financian y gobiernan esos sistemas.
Opinión política y evidencia
Una parte considerable de la entrevista contiene descalificaciones de Azúa contra el Gobierno español, funcionarios, nacionalismos y sectores de la izquierda. Son valoraciones políticas expresadas con un lenguaje agresivo. El texto original no aporta evidencia suficiente para convertir varias de esas acusaciones en afirmaciones verificadas.
Una lectura crítica debe separar esos juicios de los argumentos culturales sobre arte, técnica y espectáculo. La notoriedad intelectual del entrevistado no exime sus afirmaciones políticas de contraste, del mismo modo que disentir de ellas no vuelve irrelevantes todas sus preguntas sobre la cultura contemporánea.
La entrevista ofrece así un ejemplo del desafío periodístico de conversar con figuras polémicas: preservar con fidelidad su posición sin adoptar su lenguaje como voz editorial ni presentar opiniones como información comprobada.
La curiosidad como resistencia
Frente a su diagnóstico pesimista, Azúa identifica una posibilidad: la curiosidad. La considera una fuerza que impulsa el conocimiento y que todavía no ha sido anulada por los poderes técnicos.
Esa defensa resulta especialmente pertinente para el periodismo. La curiosidad obliga a mirar detrás de la representación, rastrear quién construyó una imagen, qué interés organiza un relato y qué datos quedaron fuera del encuadre.
Quizá no sea necesario aceptar que “sólo queda espectáculo” para reconocer el riesgo que señala. Cuando la visibilidad sustituye a la relevancia y la circulación se confunde con la verdad, conservar la capacidad de preguntar se vuelve una forma concreta de autonomía.
Fuentes: Nieves B. Jiménez, entrevista con Félix de Azúa en IDEAS / La Gaceta, 5 de septiembre de 2026; ficha editorial de Un fraude monumental; perfil de Félix de Azúa en la Real Academia Española; y publicación de Sala de Prensa en X.
Imagen destacada: Félix de Azúa en una biblioteca. Fotografía: Pedro Carrillo, publicada por IDEAS / La Gaceta.

