Amigo y enemigo: qué plantea Carl Schmitt en El concepto de lo político

La política no se define por la bondad de una causa, la belleza de sus símbolos o la rentabilidad de sus decisiones. Para Carl Schmitt, su criterio específico aparece en la posibilidad de distinguir entre amigo y enemigo.

La fórmula, expuesta inicialmente en 1927 y desarrollada en versiones posteriores de El concepto de lo político, convirtió al jurista alemán en una referencia inevitable y profundamente controvertida de la teoría política del siglo XX.

El Centro para la Reforma Gubernamental compartió en X una versión en español preparada por Santiago M. Zarria y Günter Maschke, editada en 2019 por Res Publica. Revista de Historia de las Ideas Políticas.

El documento recupera la versión de 1927 y permite observar tanto el núcleo del argumento como las modificaciones que Schmitt introdujo después.

Leerlo exige dos precauciones.

La primera es no reducir la oposición amigo–enemigo a una simple rivalidad electoral o enemistad personal.

La segunda es no separar la teoría de la trayectoria política de su autor, quien se adhirió al nacionalsocialismo y contribuyó a justificar jurídicamente al régimen.

Lo político antes que el Estado

Schmitt comienza con una tesis provocadora: el concepto de Estado presupone el concepto de lo político.

La frase invierte una relación habitual.

No sería el Estado quien crea por completo la política, sino que la existencia de una unidad capaz de distinguir aliados y enemigos hace posible entender qué es un Estado.

Schmitt considera circular definir lo político simplemente como todo aquello que pertenece al Estado.

Busca un criterio propio, comparable —aunque no idéntico— a las distinciones que organizan otros ámbitos.

En la moral se habla de bien y mal; en la estética, de belleza y fealdad; en la economía, de beneficio y perjuicio.

La política tendría como distinción específica la de amigo y enemigo.

El enemigo no tiene que ser malo

Esta es una de las partes más fáciles de deformar.

En la teoría de Schmitt, el enemigo político no necesita ser moralmente malo, estéticamente desagradable ni económicamente perjudicial.

Incluso puede ser posible comerciar con él.

La enemistad política no deriva automáticamente de una condena moral.

Se refiere a un grado de alteridad pública y existencial capaz de organizar a grupos humanos enfrentados.

La separación entre política y moral busca mostrar que una sociedad puede construir un enemigo aunque no consiga demostrar su maldad.

También implica que una persona considerada mala no se convierte por esa sola razón en enemiga política.

Hostis, no inimicus

Schmitt distingue dos sentidos de enemigo mediante términos latinos.

Inimicus es el adversario privado: la persona a la que alguien detesta por razones particulares.

Hostis es el enemigo público: una agrupación humana que se enfrenta potencialmente a otra.

Su teoría se ocupa del segundo.

No describe resentimientos individuales ni exige odio personal.

El amigo político tampoco es necesariamente un compañero íntimo.

Ambas categorías son colectivas y se vuelven políticas por la intensidad del conflicto.

La posibilidad real de lucha

La distinción alcanza su forma extrema cuando contiene la posibilidad real de enfrentamiento físico.

Para Schmitt, los conceptos de amigo, enemigo y lucha adquieren significado por su relación con la posibilidad de matar y morir.

Esto no significa que toda actividad política sea guerra cotidiana.

Tampoco afirma que la guerra deba considerarse deseable.

La presenta como realización extrema de la enemistad, el horizonte que revela la intensidad política de una oposición.

Una competencia comercial o una discusión intelectual no se vuelven políticas por utilizar palabras agresivas.

Lo hacen cuando reorganizan a grupos enteros como unidades capaces de conflicto existencial.

La decisión de la unidad política

La teoría conduce al problema de quién decide.

Una comunidad política necesita determinar por sí misma qué amenaza su forma de existencia y qué agrupación constituye un enemigo.

En la versión examinada, el Estado aparece como unidad decisiva.

Su capacidad política incluye el jus belli: la facultad de declarar la guerra y disponer, en casos extremos, de la vida de sus integrantes y de quienes son definidos como enemigos.

La soberanía no se reduce entonces a administrar leyes.

Se manifiesta en decisiones límite sobre seguridad, pertenencia y conflicto.

Un mundo plural de Estados

Schmitt rechaza la idea de una unidad política universal.

Mientras existan agrupaciones capaces de distinguir amigos y enemigos, habrá pluralidad política.

Una alianza internacional puede adquirir importancia, pero no elimina por sí sola la posibilidad de conflicto.

También desconfía de las guerras emprendidas “en nombre de la humanidad”.

Cuando un bando se identifica con toda la humanidad, su enemigo puede quedar colocado fuera de ella.

La fórmula universal parece moralmente superior, pero puede aumentar la deshumanización del adversario.

La crítica al liberalismo

Schmitt acusa al liberalismo de intentar disolver lo político entre ética y economía.

El enemigo se convertiría en competidor comercial o en interlocutor de una discusión.

La guerra sería reemplazada por competencia y debate.

Para el jurista, esa transformación no elimina la posibilidad del conflicto político.

Solo la oculta bajo un vocabulario que evita reconocer decisiones de poder.

Esta crítica conserva influencia entre autores de corrientes muy distintas.

Algunos la utilizan para señalar que las instituciones y procedimientos no pueden neutralizar por completo disputas sobre identidad, territorio, seguridad y distribución.

Descripción o justificación

Una cuestión central es si Schmitt se limita a describir la política o termina legitimando una forma peligrosa de entenderla.

Sus defensores sostienen que reconocer el conflicto no equivale a celebrarlo.

Una teoría realista debe admitir que las sociedades pueden organizarse contra enemigos y que los Estados conservan capacidades coercitivas.

Sus críticos responden que convertir la enemistad en criterio esencial puede normalizar exclusión, violencia y autoritarismo.

Si toda política auténtica necesita un enemigo, el pluralismo democrático puede parecer debilidad y el adversario puede dejar de ser un ciudadano legítimo.

La frontera entre diagnóstico y prescripción no siempre permanece clara.

Las versiones de 1927, 1932 y 1933

El concepto de lo político no es un texto único e inmutable.

La primera versión apareció como artículo en 1927.

Schmitt realizó una formulación posterior en 1932 y adaptó nuevamente el texto en 1933, durante el ascenso del régimen nazi.

Las modificaciones importan porque muestran cómo ciertos conceptos fueron ajustados dentro de contextos políticos diferentes.

La edición compartida se concentra en reconstruir la versión de 1927 y compararla con desarrollos posteriores.

No debe confundirse la fecha original del ensayo con la fecha de la versión electrónica de 2019.

La adhesión al nacionalsocialismo

Cualquier lectura responsable debe incorporar la participación de Schmitt en el régimen nazi.

Se afilió al Partido Nacionalsocialista en 1933 y elaboró argumentos jurídicos favorables al nuevo poder.

Su obra y conducta le valieron la caracterización de “jurista de la corona” del Tercer Reich.

El problema no puede resolverse con dos simplificaciones.

No basta desechar toda la obra como si careciera de influencia intelectual.

Tampoco es aceptable presentar sus categorías como herramientas neutrales, sin relación con decisiones concretas que contribuyeron a legitimar una dictadura.

Leer críticamente significa mantener juntos el argumento y su historia.

El riesgo de fabricar enemigos

La categoría amigo–enemigo ayuda a identificar procesos contemporáneos de polarización.

Partidos y líderes transforman opositores en amenazas existenciales.

Una diferencia sobre impuestos, migración, territorio o cultura deja de ser negociable cuando el otro es presentado como enemigo de la nación.

El lenguaje prepara una frontera:

  • el amigo pertenece al pueblo verdadero;
  • el enemigo aparece como traidor o agente externo;
  • la crítica se interpreta como sabotaje;
  • el desacuerdo pierde legitimidad;
  • las excepciones jurídicas parecen necesarias.

Schmitt permite observar la lógica de esa construcción, incluso cuando se rechazan sus consecuencias.

Adversarios en una democracia

Una democracia constitucional necesita conflicto.

Los ciudadanos no comparten siempre intereses, identidades o proyectos.

El reto consiste en procesar esas diferencias sin convertir cada elección en una lucha por la supervivencia.

El adversario democrático puede ser derrotado en las urnas, criticado y sometido a controles.

Sigue conservando derechos y la posibilidad de volver a competir.

El enemigo existencial, en cambio, aparece como alguien cuya presencia amenaza la comunidad y puede justificar medidas extraordinarias.

La diferencia entre adversario y enemigo es una defensa contra la destrucción del pluralismo.

Soberanía y estado de excepción

La preocupación de Schmitt por la decisión reaparece en su teoría de la soberanía.

Las normas funcionan en situaciones relativamente ordinarias.

Una crisis extrema obliga a decidir si el orden está amenazado y qué medidas serán tomadas.

El peligro es evidente.

Quien controla la definición de emergencia puede suspender garantías, ampliar facultades y prolongar la excepción.

Las constituciones contemporáneas intentan limitar ese poder mediante temporalidad, supervisión legislativa, revisión judicial y protección de derechos no derogables.

El pensamiento de Schmitt ayuda a formular la pregunta, pero no ofrece salvaguardas democráticas suficientes.

La política más allá de la moralización

Separar enemigo político y maldad moral permite comprender una paradoja.

La moralización absoluta puede intensificar la violencia.

Si el adversario es presentado no solo como rival sino como encarnación del mal, cualquier compromiso parece complicidad.

La negociación se vuelve traición y la derrota del otro debe ser total.

Schmitt busca mantener autónoma la categoría política, aunque su propia teoría conserva la posibilidad extrema de guerra.

Una lectura democrática puede extraer una advertencia distinta: no convertir toda diferencia política en condena moral absoluta.

Las plataformas y la enemistad acelerada

Las redes sociales recompensan mensajes capaces de dividir rápidamente entre “nosotros” y “ellos”.

La complejidad pierde alcance frente a etiquetas que identifican traidores, invasores, enemigos del pueblo o amenazas a la civilización.

La lógica amigo–enemigo funciona bien como mecanismo de movilización digital.

Crea identidad interna y ofrece una causa inmediata.

También reduce la posibilidad de corregir errores.

Si una información favorece al amigo, se comparte; si beneficia al enemigo, se sospecha.

El criterio de verdad queda subordinado a la pertenencia.

Una herramienta crítica, no una consigna

Usar a Schmitt para analizar política no obliga a adoptar su proyecto.

Sus categorías pueden funcionar como diagnóstico de procesos que una democracia debe contener.

Ayudan a preguntar:

  • ¿quién define al enemigo?
  • ¿qué intereses consolida esa definición?
  • ¿qué derechos se restringen después?
  • ¿la amenaza está demostrada o fabricada?
  • ¿existen mecanismos para revisar la decisión?
  • ¿el adversario conserva condición de ciudadano?

Las respuestas revelan si el conflicto permanece dentro de reglas comunes o está siendo convertido en una relación existencial.

Los límites de la teoría

La distinción amigo–enemigo no explica por sí sola toda la política.

Las sociedades también cooperan, deliberan, cuidan, negocian y construyen instituciones.

Una teoría centrada en el conflicto extremo puede subestimar esas prácticas.

También puede invisibilizar desigualdades internas.

Un Estado aparentemente unido frente a un enemigo exterior contiene grupos con poder, recursos y derechos muy distintos.

La decisión soberana puede representar a una élite y presentarse como voluntad de todo el pueblo.

Por qué sigue leyéndose

Schmitt continúa provocando interés porque formula con claridad preguntas que los sistemas políticos prefieren evitar.

¿Qué mantiene unida a una comunidad? ¿Quién decide ante una crisis? ¿Puede el derecho controlar completamente al poder? ¿Qué ocurre cuando una diferencia se vuelve existencial?

Sus respuestas son discutibles y su trayectoria obliga a desconfiar de cualquier lectura celebratoria.

Pero la influencia de sus conceptos hace necesario conocerlos.

El concepto de lo político no debería leerse como manual para fabricar enemigos.

Puede leerse como anatomía de una operación recurrente: la transformación del adversario en amenaza y del desacuerdo en justificación para ampliar el poder.

Comprender esa operación es especialmente útil para una democracia.

No para aceptar que toda política termine en enemistad, sino para reconocer cuándo alguien intenta llevarla hasta ese extremo.


Documento consultado: Carl Schmitt, El concepto de lo político, versión de 1927. Versión preparada por Santiago M. Zarria y Günter Maschke; editada por Res Publica. Revista de Historia de las Ideas Políticas, España, 2019. ISSN-e 1989-6115. El documento declara licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0.

Publicación compartida: Centro para la Reforma Gubernamental en X.

Imagen: portada de la versión en español compartida por el Centro para la Reforma Gubernamental; diseño con retrato de Carl Schmitt y franja roja. La cubierta no muestra crédito de diseño o fotografía.

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