El auge del true crime ha convertido crímenes reales en documentales, pódcast, libros y series consumidos por millones de personas. Pero cuando el condenado o sospechoso toma la palabra, el género enfrenta una pregunta difícil: ¿su testimonio ayuda a comprender el delito o desplaza a la víctima y convierte el dolor en entretenimiento?
Especialistas en comunicación, criminología y derecho de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) analizaron este dilema en una nota elaborada por Núria Bigas Formatjé. Su conclusión no depende únicamente de quién habla, sino de cómo se construye el relato.
Un género convertido en entretenimiento masivo
El crimen real tiene una larga tradición literaria y periodística, pero su expansión audiovisual contemporánea se aceleró a partir de 2014 con el pódcast Serial y producciones como The Jinx y Making a Murderer.
Desde entonces, las plataformas han multiplicado las historias sobre asesinatos, desapariciones, investigaciones policiales y procesos judiciales.
La UOC cita datos de la consultora Digital i: en 2020, seis de los veinte documentales más vistos de Netflix pertenecían al género; en 2024 la proporción había aumentado a quince de veinte. El interés responde a múltiples factores, pero el morbo y la posibilidad de observar el lado más oscuro de la conducta humana siguen siendo poderosos motores de audiencia.
Cuando el condenado controla el relato
Muchas producciones recientes ya no se limitan a reconstruir el caso. Incorporan entrevistas, grabaciones o testimonios del condenado para que relate su propia versión.
Marc Balcells, profesor de Derecho y Ciencia Política de la UOC, sostiene que la voz del criminal no constituye el problema en sí. El riesgo aparece cuando se utiliza sin contexto, sin contraste y sin mantener la centralidad del daño causado.
El testimonio puede contribuir a comprender la psicología, el entorno y las decisiones que condujeron al delito. Esa comprensión resulta útil para la prevención y la rehabilitación. Sin embargo, escuchar no equivale a absolver.
Un relato responsable puede reconocer la humanidad de quien cometió el crimen sin desplazar a la víctima ni minimizar el daño.
El riesgo de convertir al criminal en celebridad
El lenguaje audiovisual puede transformar a una persona condenada en un personaje carismático. La edición, la música, la fotografía y el acceso íntimo a su testimonio pueden producir empatía y fascinación.
Cuando la historia se concentra en el temperamento, la inteligencia o la personalidad del criminal, la víctima corre el riesgo de quedar reducida a un elemento secundario.
Elena Neira, experta en comunicación e investigadora del grupo GAME de la UOC, advierte que los algoritmos de las plataformas premian las reproducciones y el tiempo de visualización. Las producciones basadas en el morbo pueden obtener una ventaja dentro de sistemas diseñados para mantener la atención.
Esta lógica comercial crea incentivos para exagerar, reconstruir escenas traumáticas o privilegiar detalles capaces de provocar impacto, incluso cuando no ayudan a comprender los hechos.
Víctimas y familias: consentimiento y revictimización
Una producción puede reabrir el dolor de familiares que no fueron consultados. Cada estreno reactiva búsquedas, comentarios, imágenes y especulaciones en redes sociales.
El consentimiento no resuelve todos los dilemas éticos, pero constituye un criterio central. Las familias deberían conocer el enfoque de la obra, el uso de imágenes y el tratamiento que recibirán las víctimas.
También es necesario distinguir entre hechos probados, verdad judicial, testimonios, hipótesis y rumores. La mezcla de estos niveles puede crear una apariencia de certeza donde solo existen dudas.
Un true crime riguroso incorpora distintas voces, explica sus límites y evita presentar conjeturas como conclusiones.
Comprender no significa justificar
La reinserción forma parte de los objetivos del sistema penal. Por ello, no puede descartarse que una persona condenada explique su experiencia o asuma públicamente la responsabilidad por sus actos.
Balcells señala que la responsabilización puede formar parte de un proceso rehabilitador. El problema surge cuando el testimonio busca exclusivamente limpiar la imagen, obtener fama o negar las consecuencias del delito.
Una narración ética mantiene simultáneamente dos ideas: el autor del crimen sigue siendo una persona capaz de cambiar, y la víctima conserva el lugar central en la historia.
De la investigación legítima a la conspiración
Las producciones de crimen real pueden descubrir errores policiales, pruebas ignoradas o condenas injustas. El llamado New True Crime se concentra precisamente en fallas del sistema penal.
Cuando existe investigación documentada y evidencia nueva, cuestionar una sentencia puede prestar un servicio público. Algunas investigaciones han contribuido a exonerar a personas condenadas injustamente.
El problema aparece cuando la duda se utiliza solo para producir audiencia. Insinuaciones sin evidencia, montajes ambiguos y comunidades de seguidores que “investigan” en redes pueden generar teorías conspirativas, hostigar a personas relacionadas con el caso y erosionar la confianza en la justicia.
La línea divisoria es el método: documentación, contraste, trazabilidad de las fuentes y disposición para corregir errores.
La mercantilización del dolor
El derecho de una persona condenada a expresarse no implica necesariamente un derecho ilimitado a lucrarse con el delito.
Oriol Martínez, profesor de Derecho y Ciencia Política de la UOC, explica que en España un condenado puede conceder entrevistas, pero los pagos o derechos de imagen pueden ser embargados para cubrir indemnizaciones civiles pendientes.
En Estados Unidos existen las llamadas leyes Son of Sam, diseñadas para impedir que delincuentes obtengan beneficios económicos de la explotación mediática de sus crímenes y facilitar que esos recursos se destinen a las víctimas.
La regulación enfrenta un equilibrio complejo. Proteger el honor, la intimidad y el derecho a no ser revictimizado es necesario, pero una prohibición demasiado amplia puede producir un efecto desalentador sobre investigaciones periodísticas y documentales legítimos.
Criterios para un true crime responsable
Las recomendaciones de los especialistas pueden resumirse en varios principios:
- Centralidad de la víctima: el daño y sus consecuencias no deben desaparecer detrás del carisma del criminal.
- Consentimiento y diálogo con las familias: especialmente cuando se utilizan imágenes íntimas o se recrean momentos traumáticos.
- Contraste de versiones: ninguna voz debe presentarse como verdad única.
- Separación clara entre hechos, sentencia, hipótesis y especulación.
- Contexto social: explicar por qué ocurrió el crimen y qué puede aprender la sociedad, no solo cómo fue cometido.
- Transparencia narrativa: informar qué elementos fueron reconstruidos, dramatizados o editados.
- Responsabilidad comercial: evaluar quién obtiene beneficios y cómo se compensa o protege a las personas afectadas.
El buen y el mal true crime
Un trabajo responsable no necesita renunciar a la fuerza narrativa. Puede mantener la atención sin recurrir a recreaciones morbosas ni convertir a una persona condenada en icono.
El criterio decisivo es la finalidad. El true crime riguroso investiga, contextualiza y ayuda a comprender fallas sociales o institucionales. El explotador busca el clímax, el impacto y la retención de audiencia.
La voz del criminal puede tener valor documental, pero nunca debería dominar el relato sin contraste. La comprensión del delito debe estar acompañada por la memoria de la víctima, la precisión de los hechos y la responsabilidad hacia quienes continúan viviendo sus consecuencias.
Fuente primaria: Núria Bigas Formatjé, “Los límites éticos del true crime: cuando el criminal toma la palabra”, Universitat Oberta de Catalunya, 22 de julio de 2026. Consultar la nota de la UOC.
Artículo compartido: El Mundo Financiero.
Fuente en X: Gerardo Albarrán de Alba / Sala de Prensa.

