La inteligencia artificial puede redactar textos, generar imágenes, sintetizar voces y producir videos prácticamente indistinguibles de los creados por seres humanos. Esta capacidad está transformando no solo los canales de distribución de la información, sino también su producción. ¿Qué consecuencias tiene para la libertad de expresión?
La pregunta atraviesa un artículo de opinión de Norma Julieta Del Río Venegas, ex comisionada del INAI y experta en transparencia y protección de datos personales, publicado originalmente en Revista Zócalo.
Del medio tradicional al intermediario algorítmico
Durante décadas, las sociedades construyeron su relación con la información a través de medios relativamente estables: periódico, radio, televisión y cine. Aunque respondían a distintas lógicas económicas y políticas, existía una certeza básica: la información era producida por personas, sometida a procesos editoriales y difundida bajo determinados criterios profesionales.
Ese modelo comenzó a transformarse con la llegada de internet y se ha intensificado con la inteligencia artificial. Los algoritmos deciden qué noticias, videos o publicaciones aparecen en los teléfonos. Los motores de búsqueda y las aplicaciones de IA entregan respuestas sintetizadas sin que el usuario consulte las fuentes originales.
La IA se convierte así en un intermediario que filtra, organiza y presenta la información. Esto modifica la relación entre ciudadanos y conocimiento público.
El problema no es la tecnología, sino la opacidad
La inteligencia artificial no representa una amenaza para la libertad de expresión por sí misma. El riesgo aparece cuando sus procesos operan sin transparencia: cuando se desconoce quién genera los contenidos, con qué finalidad fueron creados y bajo qué criterios son distribuidos.
El desafío ya no consiste únicamente en determinar si un contenido es verdadero o falso. La pregunta de fondo es quién lo produjo, con qué propósito circula y qué intereses intervienen en su distribución.
Cuando esos elementos permanecen ocultos, la confianza pública se debilita. Y cuando la confianza se erosiona, también se ven afectadas las libertades informativas que sostienen a una sociedad democrática.
Desinformación y democracia
La posibilidad de generar imágenes, audios y textos aparentemente auténticos incrementa las dificultades para distinguir entre información verificable, errores involuntarios y campañas deliberadas de manipulación.
Diversos organismos internacionales advierten sobre los riesgos que la desinformación representa para la democracia, la convivencia social y la confianza en las instituciones.
El combate a la desinformación no puede limitarse a identificar contenidos falsos. También requiere comprender cómo circulan, quién los financia y qué efectos tienen sobre el debate público.
El periodismo frente a la IA
Las redacciones periodísticas también atraviesan su propio proceso de adaptación. Numerosos medios utilizan herramientas de IA para transcribir entrevistas, organizar bases de datos, traducir contenidos o identificar tendencias informativas.
No se trata necesariamente de sustituir a las y los periodistas, sino de incorporar nuevas herramientas que modifican las dinámicas de producción.
El desafío consiste en aprovechar las ventajas tecnológicas sin sacrificar principios esenciales del periodismo: la verificación, la contextualización y la responsabilidad editorial.
Derechos fundamentales en juego
La discusión no es exclusivamente tecnológica. Involucra derechos fundamentales que han sido conquistados y fortalecidos durante décadas:
- Libertad de expresión y pluralidad de voces.
- Acceso a la información pública.
- Protección de datos personales frente a sistemas que procesan enormes volúmenes de información.
- Derecho a recibir información veraz y verificable en un entorno saturado de contenidos automatizados.
Estos derechos forman parte de un mismo ecosistema democrático que hoy enfrenta nuevos desafíos derivados del uso masivo de la inteligencia artificial.
Transparencia como condición democrática
La libertad de expresión no solo depende de que existan más contenidos o más canales de comunicación. También requiere condiciones que permitan a las personas conocer el origen de la información, evaluar su credibilidad y tomar decisiones informadas.
En esta nueva etapa tecnológica, el reto no consiste únicamente en aprender a convivir con la inteligencia artificial. También implica defender el derecho de las personas a saber quién produce la información que consumen, cómo se distribuye y qué intereses intervienen en su circulación.
En una democracia, la confianza no puede depender de algoritmos invisibles, sino de la transparencia que haga posible distinguir entre información confiable y manipulación.
Hacia una agenda pendiente
La IA llegó para quedarse. Negarlo sería tan inútil como intentar detener la expansión de internet hace tres décadas. Sin embargo, su adopción exige una discusión pública profunda sobre transparencia, responsabilidad y derechos.
Esa discusión debe incluir a gobiernos, empresas tecnológicas, organizaciones civiles, medios de comunicación y ciudadanía. Las decisiones que se tomen hoy sobre gobernanza de la IA, etiquetado de contenidos sintéticos, protección de datos y regulación de plataformas determinarán las condiciones para el ejercicio de la libertad de expresión en los próximos años.
El artículo de Del Río Venega concluye con una idea central: la tecnología no es el problema. Lo que está en juego es la capacidad de las sociedades para mantener la transparencia y la confianza como condiciones para una información libre y verificable.
Texto original: Norma Julieta Del Río Venegas, “Libertad de expresión en tiempos de Inteligencia Artificial”, publicado en Revista Zócalo.
Autora: Ex comisionada del INAI y experta en transparencia y protección de datos personales.
Fuente compartida: Gerardo Albarrán de Alba / Sala de Prensa en X.

